Yo estaba en el parque ese 22 de diciembre.
Vi a los tres que se acercaban muy a prisa. A mi parecer, venían huyendo de alguien o de algo. Me quedé mirándolos. Cruzaron el parque mirando en todas direcciones, como identificando algún testigo. Los seguí de reojo hasta que se perdieron en la esquina. Para mí que no me vieron. La oscuridad me protegió.
Seguí ahí, no por mi propia voluntad. No me podía parar.
Mientras estuve en el parque vi pasar varias unidades de la policía, que aparentemente estaban dando seguimiento a algo.
Allí estuve hasta las seis de la mañana, sin pegar los ojos.
Comenzaba a despertar la ciudad. Me puse de pie y caminé lentamente hasta mi casa. Despacio, porque, para mí, yo no había hecho nada.
El Solitario estaba esperándome en la puerta. Movió alegremente la cola y me siguió hasta el baño. Me dio la impresión de que tampoco él había dormido.
Entré a la habitación y encendí la televisión. El Solitario se acomodó para verla conmigo. Él puede dar testimonio. Él me vio llegar.
Cuando en la noticia estaban dando los detalles del robo, me quedé paralizado.
—No puede ser —dije para mí y para el Solitario.
Yo vi a esos hombres esa misma noche y luego a los policías que pasaron por allí varias veces. No creo que fueran ellos. Aunque me pareció que estaban huyendo, no creo que fuera por eso. No llevaban nada en las manos. Miraban mucho hacia atrás, como el que se siente perseguido.
Me dormí y el Solitario también.
Me levanté a las cuatro de la tarde. Comí de lo que encontré en la nevera, así, frío, y lo compartí con el Solitario.
Cerca de las seis de la tarde me di la dosis acostumbrada. Salí al portón y miré en todas direcciones.
La casa estaba rodeada por la policía. Todo indicaba, según ellos, que el ladrón era yo.
Me esposaron y me montaron en una motocicleta entre dos policías.
Solo eso recuerdo.
Después de veintidós años preso, y ahora que me presento en este bello programa, sigo diciendo lo mismo: yo estaba en el parque. Vi a tres hombres. Vi a la policía. El Solitario me esperaba en la puerta. No llevaban nada en las manos.
Yo no me acuerdo de haber hecho nada.
Por eso, la verdad, tarde o temprano, brillará.
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