El retrato de Don Isidro

En aquella casa de madera el mundo empezaba un poco más abajo. La calle quedaba arriba; para alcanzarla había que subir veintiún escalones que crujían en cada pisada. Había un pasillo estrecho, un corredor con tres puertas de apartamentos que era obligatoria traspasar para llegar a la calzada. Allí vivían mis abuelos paternos.

Un portal de cemento crudo rodeaba la sala y desembocaba en la cocina. Dos cuartos apenas. El último fue mi reino infantil por un tiempo.

En la sala, frente a la comadrita donde mi abuela escuchaba novelas radiales que nunca terminaban, estaba el retrato.

Un pastel enmarcado en cobre, protegido por un cristal que siempre devolvía la luz. Mi bisabuelo, Don Isidro, aparecía allí con su traje de militar español y la mirada fija en un punto.

Había llegado a Cuba como médico militar y terminó casándose con una asturiana. Venía de un pueblo de Sevilla cuyo nombre se perdió en la memoria familiar.

Todo el que entraba en la sala terminaba frente al cuadro. No era cortesía. Don Isidro imponía respeto incluso desde el más allá.

Mi abuela contaba una historia que comenzó el día en que conoció a Rosario, una mulata joven recién llegada al barrio. La invitó a la casa y Rosario apareció al día siguiente vestida con una elegancia que desafiaba la pobreza del entorno.

—Para entrar a una casa respetable hay que tener presencia —dijo, alisándose la falda.

Apenas cruzó la puerta, Rosario se quedó inmóvil frente al retrato. No pestañeó. No respiró. Se sentó de modo que pudiera mirarlo sin interrupciones.

Mi abuela, inquieta, le preguntó:

—¿Qué sucede, Rosario?

La mujer tardó unos segundos en responder. Bajó la voz, sin apartar los ojos del cristal:

—Ese señor… ese padre tuyo, mi amiga… me está queriendo decir algo.

Mi abuela sintió un frío repentino.

—No juegues con eso —le advirtió, pero Rosario siguió hablando.

Dijo que Don Isidro había muerto de un infarto, en el mismo hospital donde sanaba a otros. Que rozaba los cuarenta años. Que había batallado contra la muerte, doliéndose de su propia juventud. Mi abuela sintió que el aire de la sala se volvía pesado.

Su padre se había ido exactamente así: un infarto fulminante, a los cuarenta y cinco años, en los pasillos del Hospital Municipal Número Uno.

Rosario comenzó a llorar. Mi abuela le sirvió café y esperó en silencio.

Entre sollozos, Rosario confesó que desde niña escuchaba las voces de los difuntos. Que a veces la despertaban de madrugada para contarle cosas que, según ella, nadie más debía saber.

Mi abuela, mujer de poca instrucción pero de corazón sensible, quedó marcada por aquel episodio. Rosario siguió siendo su amiga, pero desde entonces, cuando venía a visitarla, las conversaciones tenían lugar en la cocina. Nunca más quiso sentarse frente al retrato de Don Isidro.

El cuadro permaneció en su sitio, y desde su marco de cobre seguía mirando.

Crecí oyendo la historia. Nunca escuché una voz salir del retrato. Sin embargo, cuando de niño me quedaba solo en la sala y levantaba los ojos hacia aquel cuadro, tenía la extraña sensación de que no estaba allí simplemente para ser contemplado.

Había algo en aquella mirada suspendida en el tiempo. Como si el viejo militar, mi bisabuelo, aún esperara que alguien tuviera el valor de preguntarle qué quería decir.

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