En penumbra, se vio a sí misma rodeada de una densa bruma. Poco a poco dejó de ver una visión y comenzó a sentir, como quien despierta de un profundo sueño y aún no sabe si sigue dormida o está despierta.
El olor del azufre era penetrante.
Miró sus manos, presas por una argolla unida a una cadena, clavada al suelo por una colosal espada. El resto, solo oscuridad. Entre las sombras, dos ojos negros de iris rojo intenso.
La bruma se disipó y una voz gutural llenó la estancia:
—Bienvenida seas. Por ventura te he encontrado y al fin podré darte la vida que mereces.
Los ojos se acercaron hacia Aeren y fue descubriéndose la faz de su dueño. De entre la niebla se irguió una cabeza equina, cubierta de escamas negras. La mirada proyectaba imperturbabilidad y sabiduría, no hostilidad.
El dragón se mostró entonces en toda su grandeza y paseó alrededor de la joven. Dio una vuelta lenta, con un andar elegante. Al terminar, se detuvo frente a ella y extendió sus alas, como si se desperezase tras un largo sueño.
El dragón se tumbó. La luz roja de sus ojos sin párpados se fue apagando hasta quedar reducida a un pequeño fulgor.
Aeren quedó paralizada.
El dragón se durmió.
Aeren no tuvo valor para internarse en la oscuridad. Se tumbó junto a la espada y lloró hasta dormirse.
Aeren despertó.
El dragón no estaba.
En su lugar vio un pequeño pilar de piedra coronado por una bola de cristal. Se acercó a tocarla y escuchó de nuevo la atronadora voz. Venía de detrás de ella:
—Espero que hayas dormido bien. Este es un pequeño regalo a través del cual te enseñaré a ser tú misma. Has vivido presa de lo que te han enseñado, presa de lo que te han dicho que debes ser. Conmigo descubrirás la libertad y, con ella, la felicidad.
—Quiero volver con los míos.
—Ah… Los tuyos. Mira atentamente a la bola, querida. Verás a los tuyos.
Aeren se acercó a la bola y vio cómo una bruma azulada iba dando paso a una serie de imágenes de cada uno de sus seres queridos. Cada escena resultaba ofensiva.
—Observa cómo disfrutan. Mira cómo tu ausencia no les ha afectado. Ni siquiera se han dado cuenta de que no estás. Ellos son felices sin ti. Lo único que hacen es frenar tu vida.
El dragón le explicó que la había buscado desde que nació. Allí ella podía ser quien quisiera. La bola le permitiría volver a su mundo, pero esta vez sería ella quien eligiese.
Aeren apenas encontraba dudas en su interior. La voz del dragón parecía una materialización de su propio pensamiento.
Nunca le preguntó su nombre.
—Toca la bola. Imagina una situación cualquiera de tu vida y mejora lo que no te guste.
Aeren miró la bola y se imaginó a sí misma en un día cualquiera. Vio un montón de tareas que hacer en su casa y deseó no tener ninguna.
Apareció entonces la imagen de ella misma acostada en su cama.
Parpadeó.
Se encontró tumbada allí, exactamente como se había visto en la bola. Escuchó cómo su madre la llamaba para hacer las faenas del hogar, pero salió corriendo de casa en busca de diversión.
Cuando acabó el día durmió plácidamente y, al despertar, se encontró de nuevo en la guarida del dragón.
—Ha sido agradable, ¿verdad? Hoy puedes probar algo más atrevido.
—No lo creo. Cuando vuelva, posiblemente las cosas estén bastante turbias y no podré divertirme.
El dragón respondió en tono comprensivo:
—En mi reino no existen las consecuencias. Haz lo que desees en cada momento, pues nunca tendrás que arrepentirte de nada. ¿Acaso alguien te ha ofrecido algo más maravilloso en tu vida?
Usaba la bola cada día.
Cada día se atrevía a más.
Y cada mañana volvía a la guarida tranquila, pues al día siguiente todo estaría bien.
Pero un día despertó llorando.
—¿Qué ocurre? ¿Qué puede hacerte llorar? ¿No te has dado cuenta aún de que puedes tener todo lo que quieres?
—Un amigo me increpó por actuar alocadamente. Yo le golpeé y ahora tiene una brecha en la cara.
El dragón rió sardónicamente.
—Pero, niña… ¿No ves que hoy ya no quedará señal alguna?
Aeren volvió a la bola.
Pasó un tiempo que ya no supo medir. Aunque a veces, sin saber muy bien por qué, se sentaba junto a la espada y lloraba.
Eso era lo único que manchaba su placer.
Eso, y el peso de la cadena.
Cada día parecía más pesada…
En uno de sus viajes pasó un día especialmente bueno con el amigo que una vez golpeó. Tras una mañana y una tarde de risas y juegos, decidieron descansar por la noche mirando las estrellas.
—Siento haberte golpeado aquel día.
En cuanto pronunció las palabras, el arrepentimiento asomó en su rostro.
—No pasa nada. Ya hace mucho.
Aeren quedó boquiabierta.
—¿Cómo puedes acordarte?
—¿Me estás vacilando? ¡Esa piedra era casi tan grande como mi mano! ¡Como para no acordarse! Pero no pasa nada, la cicatriz casi no se ve ya. ¿Estás bien? Pareces preocupada.
Aeren miró la frente de su amigo y vio la fea cicatriz que había dejado.
Después miró al cielo.
Las estrellas se retorcieron en espirales que fueron creciendo hasta alcanzar la laguna, las rocas y, finalmente, a la propia Aeren.
Se despertó en la guarida, frente al dragón.
—Me engañaste. Todo lo que he hecho ha pasado de verdad. No hay lugar alguno para la fantasía. Me has convertido en un monstruo. ¡Sácame de aquí!
El dragón respondió, jactancioso:
—¿Quieres salir de aquí? ¡Pues mira la bola!
Aeren se vio por primera vez presa.
Cogió la espada que clavaba la cadena al suelo. La había imaginado muy pesada, pero ahora era ligera como una pluma.
La alzó con violencia y la clavó en el pecho del dragón.
Un tintineo de cristales resonó en la estancia.
La espada no estaba clavada en el pecho del dragón, sino en un espejo.
Aeren reconoció sus facciones en el reflejo.
No la expresión.
Los ojos la miraban como los de un depredador. Los labios eran una línea tensa.
Aquella era su cara.
La imagen se fragmentó en pequeños trozos de cristal.
Aeren parpadeó.
Ya no estaba en la guarida de un dragón.
Estaba en casa, frente al espejo.
Se secó las lágrimas y salió.
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