Raúl asistió a una clase en la universidad sobre ética y meditaciones sobre la condición humana. Estudiaba historia. Era un joven que podía hablar de una revolución mientras fumaba un cigarrillo, y unos minutos después comparar aquella revolución con otra ocurrida doscientos años antes.
Nos conocimos en el último año del bachillerato y, sin proponérnoslo, habíamos construido una amistad. A él le fascinaba el tiempo, las mutaciones sociales, los paradigmas que nacen cada cierto tiempo. Yo era diferente. Prefería las máquinas, los cálculos, la geometría. Me gustaba aquello que podía medirse, desmontarse y volver a armarse. Quizá por eso Raúl decía que yo necesitaba que el mundo tuviera tornillos.
—Todo lo quieres convertir en una ecuación —me reprochaba.
-Y tú quieres convertirlo todo en historia.
No siempre estábamos de acuerdo, pero aquella diferencia nos acercaba. Había entre nosotros una idea común del mundo, una sospecha de que detrás de las cosas que considerábamos evidentes podía esconderse otra realidad.
Una tarde de julio estábamos sentados en un bar. Había humo flotando sobre las mesas, vasos de cervezas y un bolero sonando desde algún lugar del salón. Raúl hablaba de una de sus obsesiones.
—Lo interesante —me dijo— es que quienes viven dentro de un paradigma no lo perciben como tal.
-¿Qué perciben entonces?
-La realidad.
Sonreí.
-Eso es precisamente lo que yo diría.
Raúl levantó el vaso.
-Nuestro conocimiento puede ser verdadero sin ser definitivo.
Iba a responderle cuando María apareció frente a nosotros.
-¿Y ustedes piensan quedarse toda la noche interpretando el universo?
María estudiaba Psicología y tenía una manera particular de mirar a las personas. Era delgada, de cabello largo recogido en dos trenzas que le daban un aire de juventud perpetua. Su ironía era ligera y casi siempre llegaba acompañada de una sonrisa.
Estrella, la novia de Raúl, estaba detrás de ella.
—La pista está vacía —dijo María—. No tienen excusa.
Aquello me produjo un pavor casi metafísico. Siempre había sido un desastre para el baile, como si una pena antigua y ajena gobernara mi esqueleto. Sin embargo, me levanté.
El bolero era lento. María apoyó una mano sobre mi hombro y yo intenté recordar todo lo que alguna vez había aprendido sobre los pasos. No sirvió de mucho. Preferí dejarme llevar.
Su perfume tenía algo de madera húmeda. Durante unos instantes dejé de pensar.
Raúl y Estrella bailaban cerca de nosotros. María, sin dejar de moverse, me preguntó:
-¿De qué hablaban?
-Del tiempo.
-Siempre hablan del tiempo.
-Raúl dice que confundimos nuestros paradigmas con la realidad.
María guardó silencio unos segundos.
-Quizá hacemos algo parecido con el presente.
-¿Qué quieres decir?
Me miró.
-Que el presente tiene un engaño. Nos hace creer que lo que existe ahora seguirá existiendo porque existe ahora.
La música continuó. No supe qué responder.
Aquella noche no imaginábamos que treinta años después aquella conversación sería para mí más importante que muchas de las cosas que entonces considerábamos importantes.
De Raúl me fueron llegando noticias fragmentarias. Primero fueron cartas. Después, llamadas cada vez más espaciadas. Luego, su nombre aparecía de vez en cuando en conversaciones con antiguos compañeros, como una fotografía que alguien encuentra dentro de un libro. De María no volví a saber nada.
Treinta años son suficientes para convertirnos nosotros mismos en desconocidos.
A veces regreso, en la memoria, a aquella tarde de julio. La reconstruyo con una precisión que me sorprende: el humo, la música, el vaso de Raúl, las trenzas de María, su perfume. Pero sé que mi recuerdo miente.
Lo sé porque cada vez que regreso a aquella escena algo cambia. A veces la mesa estaba más cerca de la pista. A veces recuerdo una canción distinta.
En una ocasión estuve convencido de que María llevaba un vestido azul. Después recordé que era blanco. Nunca he podido comprobarlo.
La memoria no conserva. La memoria reconstruye. Somos, quizá, los copistas de nuestra propia vida. Y todos los copistas, tarde o temprano, introducen errores.
Me pregunto qué recordaría Raúl de aquella noche. Me pregunto qué recordaría María. Y hay algo que me inquieta todavía más: si encontrara a María hoy, ¿la reconocería?
Treinta años después, su rostro debe haber cambiado. También el mío. Tal vez pasaríamos uno junto al otro sin sospechar que alguna vez bailamos un bolero bajo una luz amarillenta mientras hablábamos del tiempo.
Entonces vuelvo a la pregunta que Raúl dejó suspendida aquella tarde:
¿ qué llamamos realidad?
Porque el pasado que me antecede no ha muerto. Pero tampoco puedo regresar a él.
No habita físicamente el lugar donde ocurrió. No puedo encontrar aquella mesa, aquella música, aquella juventud ni a aquellas personas tal como fueron.
Y, sin embargo, aquella tarde continúa ocurriendo dentro de mí.
Quizá el pasado no sea lo que dejó de existir, sino lo que dejó de acontecer.
Quizá solamente permanece aquello que la conciencia vuelve a convocar.
Y entonces comprendo algo que a los veinte años no habría podido comprender:
el pasado no está detrás de nosotros. Está aquí. Ahora. En este instante en que lo recuerdo. Y vuelvo, una vez más, por el peso de la gravedad, al presente.
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