El eco de un pensamiento

Escribo estas líneas, pero quizá mañana escribiría otras. Uno nunca es exactamente el mismo.

Las garabateé una mañana de domingo, después de la visita de mi amigo de la infancia, Arturo, un hombre versado en las ciencias modernas. Llegó temprano. Se nos ha hecho costumbre reunirnos para hablar de lo que nunca se habla. En algunas ocasiones soy yo quien lo visita, y cuando es así, el tema de la conversación lo inicio siempre. Pero Arturo estaba en mi casa; nos sentamos en sendos butacones de la sala. Le ofrecí una cerveza y aceptó. Arturo habló primero, le correspondía introducir el tema.

Los hombres inventan dioses coléricos, amorosos, justos, vengativos… dioses más humanos que ellos mismos.

Recordé entonces los escritos de Ibn Sina.

—Tal vez inventamos a los dioses porque necesitamos que el universo se parezca a nosotros —dije—. Arturo sonrió.

—O porque nos asusta que no se parezca en absoluto. Bebió un sorbo de cerveza.

—Después vienen las divisiones—. Y cuando dijo esto, parecía tener un bisturí en sus manos como cortando un pastel. Unos creen y otros niegan. Pero ambos necesitan al dios que discuten.

—Los dioses son predecibles —le dije.

Arturo levantó una ceja. —¿Por qué?

—Porque si existe algo absoluto, no puede actuar de otra forma. Lo absoluto no tiene alternativas. Los hombres, sí. Por eso nosotros somos impredecibles.

Arturo negó lentamente con la cabeza. —Los dioses no son predecibles ni impredecibles.

—¿Entonces?

—Son imágenes.

Dejó el vaso sobre la mesa. —Y las imágenes no actúan. Son reflejos.

Miré por la ventana. La calle estaba tranquila y el sol comenzaba a entrar en la habitación.

—Quizá el universo sea perfectamente determinista —dije— y, sin embargo, el hombre experimente su existencia como impredecible. Arturo sonrió de nuevo.

—Siempre terminamos dibujando aquello que queremos comprender.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada. Salvo que después olvidamos que fuimos nosotros quienes hicimos el bosquejo.

Guardé silencio. Me pregunté entonces si Dios podría ser algo que no comprendemos, no por su grandeza, sino por la estrechez de nuestra comprensión.

Le dije a Arturo que prefería observar sin credos, sin etiquetas, sin identidades.

—Quizá la verdadera libertad espiritual consista en llegar a un punto en que la pregunta deja de exigir una respuesta —dije.

Arturo soltó una pequeña risa. —Yo ya encontré mi camino.

Terminó la cerveza y permaneció unos segundos mirando el vaso vacío. Después metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un cuadernillo de tapas negras. Lo puso sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Mira la página cuarenta y dos.

Abrí el cuaderno. Esperaba encontrar ecuaciones, diagramas de física cuántica, quizá anotaciones sobre neurobiología. En cambio, encontré una caligrafía que reconocí de inmediato. Era la mía. Leí las primeras líneas.

“Escribo estas líneas, pero quizá mañana escribiría otras. Uno nunca es exactamente el mismo.”

Sentí una curiosidad que daba miedo. Seguí leyendo. El texto describía nuestra conversación, palabra por palabra.

Allí estaba la cerveza. Estaba mi afirmación sobre los dioses. Estaban las respuestas de Arturo. Estaba mi conjetura sobre el determinismo.

Incluso estaba descrito el momento exacto en que yo había guardado silencio frente a la ventana.

Levanté los ojos. Arturo me observaba. —¿Dónde encontraste esto?

—En el laboratorio de análisis predictivo de la universidad.

Volví al cuaderno.

—¿Cuándo fue escrito? Arturo no respondió inmediatamente.

Miré otra vez la página. El texto llegaba hasta un punto preciso: el instante en que Arturo había dejado el vaso sobre la mesa. Nada más.

Arturo se inclinó hacia mí. —Tal vez no eres un buscador.—Tal vez eres una búsqueda.

—¿Qué quieres decir?

—Que tu aparente libertad para sorprenderte a ti mismo podría ser solamente el margen de error de un sistema que todavía no comprendes.

—Entonces, ¿todo lo que pienso está determinado?

—No lo sé. La respuesta me sorprendió.

—¿No lo sabes?

—No. Solo sé que el cuaderno predijo esta conversación. Que no somos tan libres como quisiéramos.

Por primera vez, Arturo dejó de sonreír.

Ahora se levantó como despidiéndose.

—Entonces, si todo está escrito, ¿qué sentido tiene buscar?

Arturo caminó hacia la puerta.

—Tal vez la búsqueda sea precisamente aquello que estaba escrito.

Salió a la calle. Un apretón de manos y un hasta la próxima me dejaron un sabor de inquietud, pero el domingo seguía siendo luminoso.

Después tomé una hoja de papel. Pensé en escribir una frase distinta. Una sola.

Algo que no hubiera podido estar previsto. Escribí: “No”.

Y, sin embargo, seguí escribiendo.

Escribo estas líneas, que no son un tratado filosófico ni un cuento, sino el desesperado intento de librarme de las Parcas.

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