Me voy de ti llevando mi gran amor intacto,
como un hondo secreto que el frío invierno guarda;
duele romper el lazo de nuestro oculto pacto
mientras la triste sombra del verano resguarda.

Me llevo la memoria de aquel aniversario,
los pequeños detalles que te daba al verte,
las notas que escribía sobre mi calendario
y el truco de tus ojos para conmoverte.

Aún vibra en mis oídos la voz de aquel concierto,
el calor de tus manos curando los dolores,
cuando la enfermedad nos dejaba en silencio
y el cuarto se vestía con nuestros temores.

Te comparto la mitad de todo mi equipaje,
la película aquella que descubrimos tarde,
y me llevo el destello que te ilumina el rostro
en el preciso instante en que tu risa arde.

Espero que al mirar lo que se queda contigo
entiendas los motivos de mi cruda partida;
cada objeto olvidado se volverá testigo,
el testigo más fiel de nuestra antigua vida.

Qué amargo es caminar contra la marea,
sabiendo que mi hogar se queda en tu mismo pecho,
y tener que inventarme un sol que no se vea
lejos del dulce hogar que juntos hemos hecho.

Te amo tanto que el tiempo y el adiós no borran
el trazo de tus dedos grabado en mi mano;
pero es mejor que los días y la distancia corran
antes de ver que el alma camina siempre en vano.

Seré solo un recuerdo que en tu mente habita,
un verso que el olvido jamás desvanece,
mientras mi rota alma por dentro se marchita
y te sigue amando en lo que ya no renace.

Rodolfo Goyas Caballero

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