El garaje de Francisco olía a grasa de motor, laca, polvo acumulado en los rincones y al eco de las palabras que fueron dichas. Francisco sostenía un clavo con la mano izquierda y el martillo con la derecha. Antes de golpear, me miró de reojo, sabiendo que yo venía de perderme en las páginas de Schopenhauer y de Spinoza.

—No te emociones con ningún filósofo —dijo—. La materia es lo único que existe. Está en todo el universo. La materia se desarrolló hasta tal punto que terminó anidando en nuestro cerebro y produciendo eso que llamamos pensamiento. No hay más.

Justo después, el martillo erró el rumbo. El metal golpeó con fuerza seca el pulgar de su mano izquierda. Francisco soltó una maldición, dejó caer la herramienta y se apretó el dedo, que comenzó a tornarse morado.

Yo me quedé callado, reverente ante su materialismo, pero mi mente se desvió hacia el dolor. ¿Cómo hacía la materia inerte para volverse viva? El golpe no solo había deformado la carne; había encendido una señal eléctrica, un grito invisible que Francisco experimentaba como sufrimiento.

La piedra no sufre si la golpeas. ¿O sí?

Salí de allí con demasiadas ideas colgando de la mente. Caminé hacia el acantilado que bordeaba el pueblo. Imaginé una piedra caliza, una roca sedimentaria carbonatada, inmóvil bajo el sol. Pensé en lo que pasaría si le diéramos cinco mil años. Quizás, al cabo de ese tiempo, la organización de sus átomos le permitiría sentir amor por el paisaje marino que le había dado origen.

La magia no estaba en los elementos de la tabla periódica; estaba en el tiempo. En Cronos, ese viajero que a su paso todo lo transforma. ¿Es el tiempo el verdadero productor de conciencia?

A media tarde regresé a casa. El sol empezaba a opacarse, tiñendo el cielo de un color ámbar y espeso. Me senté en la butaca de mimbre de la terraza, frente al mar, exhausto de tanto interrogar al universo.

Entonces sentí el peso. Comenzó en las plantas de los pies. Una rigidez fría, mineral, que subió lentamente por mis pantorrillas. Quise mover las manos, pero mis dedos ya tenían la textura porosa y pesada de la costa. No había dolor.

Solo una tremenda y pacífica densidad. Mi respiración se volvió innecesaria. Mis pulmones se llenaron de un silencio calcáreo. Mi mente, agotada de tropezar con preguntas sin respuesta, aceptó el repliegue.

Antes de que la luz del sol se apagara por completo, el siseo del viento marino me arrulló. Ya no era un hombre pensando en la filosofía. Me había convertido, totalmente, en una estatua de piedra. Una roca que, en quinientos años, quizás volvería a extrañar el mar.

Todo el pueblo habló de la misteriosa estatua. Francisco, que fue a verla, no me reconoció.

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