Querida mamá:

Querida mamá:

Te escribo esto porque, si te lo digo a la cara, siento que me encojo y no soy capaz de sostenerte la mirada. El peso de lo que esperas de mí se ha vuelto un aire tan denso que, de verdad, a veces me cuesta respirar.

Hoy estaba mirando el móvil y volví a borrar tres mensajes tuyos. Sé que en tu cabeza solo estás intentando «ayudarme a organizar mi vida», pero para mí cada notificación es un recordatorio de que he vuelto a fallar en algo.

Si subo algo a las redes, me juzgas por exponerme demasiado; si me quedo callada, me criticas por falta de ambición.

Siento que has construido una versión perfecta de lo que a ti te habría gustado ser y ahora pretendes que yo encaje a la fuerza en ese molde, tanto en lo profesional como en lo digital.

Sé perfectamente que me quieres, el problema nunca ha sido ese. El problema es que tu aprobación funciona como un premio que racionas y que yo nunca logro alcanzar. Cuando conseguí el trabajo, en lugar de alegrarte, me preguntaste que cuándo me subirían a un puesto directivo. Para ti, el éxito es una meta que mueves hacia adelante justo cuando estoy a punto de tocarla.

Al lado de tu seguridad arrolladora, tus contactos y esa vida perfecta que muestras, yo solo me siento como una impostora que vive cansada de no dar la talla.

Te has metido tanto en mi cabeza que, incluso a solas en mi piso, sigo discutiendo contigo mentalmente. Todo lo que hago lo termino mirando a través de tus ojos y de tu juicio.

Me da pánico equivocarme porque sé que tu compasión siempre viene con un «te lo dije» escondido. Es verdad que me has hecho fuerte hacia fuera, pero frente a ti me siento completamente indefensa.

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