El despertador suena todos los días a las seis de la mañana. Lo apago de un manotazo, sintiendo los párpados como bloques de hormigón. Me levanto arrastrando los pies y me preparo un café rápido mientras recuerdo la famosa frase: «El trabajo dignifica».
Una ironía perfecta para soportar una jornada de diez horas que no me deja tiempo ni para ver crecer la hierba del jardín, porque hijos, a este ritmo ,nunca los tendré. Llego directa a una reunión donde mi jefe elogia la «cultura del esfuerzo». Yo asiento en silencio, cual cobarde, consciente del absurdo intercambio: dar mi salud lumbar y mis mejores años a cambio de un sueldo que se va entero en el alquiler.
Tras pasar el día frente al monitor y aguantar la falsedad de la oficina para mantener un estatus social vacío, ficho la salida a las ocho de la tarde. No importa las horas extras. Ni las pagan ni las contabilizan.
Camino hacia el metro contracturada pero aliviada. Al menos el cansancio me evita pensar en lo infeliz que soy.
Lo dicho: soy una cobarde de manual. Solo espero que Superman me rescate y podamos huir juntos a su planeta.
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