Los ojos verdes y ese pelo de fuego de Jolene hacían que se creyera que las mujeres guapas nacían para robar maridos. Durante años se las señaló. Nos enseñaron a culpar a la tentación, a rogarle a la otra que no se llevara lo que creíamos nuestro, como si un hombre fuera un reloj de bolsillo que se puede perder. 

Pero el tiempo te abre los ojos. Jolene era libre y podía hacer lo que quisiera, sin deberle nada a nadie. Mi canción nacía del miedo: un miedo oculto detrás de una súplica. Jolene#bocadillo no me estaba quitando nada, porque nadie es dueño de nadie. 

Él era el que de verdad me había hecho una promesa; él era el único que había decidido tontear y romper nuestra confianza. La culpa no era de una extraña, era del hombre con el que compartía mi vida. 

El amor solo es real cuando es libre. 

Dejé de rogarle a Jolene y, por primera vez, admití que no pienso competir ni suplicar, y mucho menos retener a ningún hombre como si fuera un objeto que gané en una feria.

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