El gallego que escuchaba voces en el agua.

El gallego que escuchaba voces en el agua.

Cuentan que los barcos que llegaban a La Habana en los años veinte traían un olor particular: mezcla de sal, carbón y un miedo antiguo. En uno de esos barcos venía Xan Barreiro, gallego de Betanzos, con los ojos claros y la costumbre de hablar solo, como si conversara con alguien que caminaba a su lado, pero que nadie más podía ver.

Xan no venía huyendo. Venía buscando algo que no sabía nombrar, y terminó descubriendo que aquello que buscaba tenía una voz de mujer.

Su madre, antes de morir, le había dicho: “En Cuba el agua habla. Si la escuchas, te dirá quién eres”. Y él, que siempre creyó en las palabras de las mujeres de su familia, decidió cruzar el océano.

Al llegar a La Habana, lo primero que sintió fue el olor: un olor que no existía en su aldea. Era un olor a fruta abierta, a madera mojada, a sudor, a tabaco recién torcido. Ese olor lo acompañó siempre, como una segunda piel.

Xan trabajó primero en un almacén del puerto estibando mercancías, luego en una tabaquería de la calle Compostela, y aprendió el oficio de torcedor. Pero siempre regresaba a escuchar el agua.

Cada tarde, cuando el sol empezaba a ponerse, caminaba hasta la orilla del malecón. Se sentaba en el muro, dejaba que el viento le despeinara el alma y escuchaba. A veces el agua le decía cosas que él no entendía. Otras veces le hablaba con la voz de su madre, o con la voz de su abuelo, o con la voz de alguien que aún no había conocido.

Una noche, mientras escuchaba el mar, oyó claramente una frase: “No estás solo.”

Se volvió, sorprendido. Detrás de él estaba María de los Ángeles, una muchacha habanera que vendía flores cerca del Prado. Tenía los ojos negros y una manera de sonreír que hacía que el mundo fuera más profundo.

—¿Lo escuchaste? —preguntó Xan. —¿A quién? —Al agua, respondió él. Aquí el agua siempre habla —dijo ella—. Lo raro es que alguien la escuche.

Desde ese día, María empezó a acompañarlo en sus caminatas. Ella hablaba poco; él hablaba menos. Pero entre los dos había un silencio que no pesaba, un silencio que parecía tejido con hilos de confianza. Y María, nieta de andaluz, se sentía liviana al lado de Xan.

Una tarde, mientras miraban el mar, María le dijo: —Mi padre dice que los gallegos tienen un don. —¿Cuál? —preguntó Xan—. Que saben reconocer las cosas que no se ven, dijo ella mientras reía.

Xan no respondió. Pero sintió que algo dentro se le acomodaba, como si una pieza perdida hubiera encontrado su lugar.

Pasaron los meses. Xan y María se hicieron inseparables. Ella le enseñó a bailar son; él le enseñó a hacer caldo gallego con lo que había en Cuba. Ella le habló de los santos; él le habló de las meigas. Y entre los dos nació una forma de amor que no necesitaba palabras.

Una noche de lluvia, el agua volvió a hablar. Pero esta vez no habló con la voz de su madre ni de su abuelo. Habló con la voz de María.

Le dijo: “Quédate.”

Y Xan se quedó, se quedó para siempre.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS