Hay quienes creen que el blanco y el negro son colores opuestos. Yo sospecho que son, más bien, dos formas de mirar la misma incertidumbre.

El blanco parece contener todas las posibilidades: una página todavía intacta, una habitación donde nada ha ocurrido, la nieve antes de que alguien deje en ella sus huellas. El negro, en cambio, parece haberlo visto todo. Es la noche, el silencio, la tinta que fija para siempre aquello que alguna vez fue pensamiento.

Entre ambos no existe una verdadera frontera. El blanco necesita del negro para ser visible; el negro necesita del blanco para no convertirse en una oscuridad absoluta. Uno revela por ausencia, el otro por presencia.

Quizá por eso los elegimos tantas veces sin saberlo. Vestimos de negro para ocultar algo y de blanco para fingir que nada tenemos que ocultar. El blanco promete comienzo; el negro, memoria. Pero ambos mienten.

Porque no hay blanco sin una sombra cercana, ni negro que no conserve, en algún lugar secreto, la posibilidad de una luz.

Tal vez toda nuestra vida transcurra entre esos dos extremos: escribiendo sobre una página blanca con una tinta negra, tratando de comprender que aquello que llamamos realidad no es más que el dibujo que ambos hacen juntos.

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