Esto no es legía

Esto no es legía

Raulito

20/08/2026

Esto no es legía

El viento bajaba frío de las montañas nevadas. Me detuve a ajustar los cordones de mis borcegos y a responder unos mensajes. Mientras me ocupaba de eso, un hombre de barbas pobladas, de aproximadamente setenta años, harapiento y despeinado, me hablaba desde el banco de enfrente.

Cuando terminé, me acerqué a pedirle disculpas por la atención que no le había dispensado.

—Soy Fernando Eusebio Miranda —me dijo—. Tengo setenta y tres años y conozco bien mis derechos. Me los enseñó mi patrón. Nadie me puede meter preso, menos los policías de civil. Esos quieren… —frotó el pulgar contra el índice—. Pero no tienen identificación —agregó.

Tal vez mi corte de pelo o mi calzado le habían llamado la atención.

—No se preocupe —le dije—. ¿Qué me decía?

—¿Dónde tomo el colectivo para llegar a Palma Sola? —me preguntó. Después levantó una bolsita—. Ah, y esto no es legía.

Mientras hablaba, tomaba un líquido de una botellita. Creo que era alcohol.

—Tiene que ir a la terminal nueva —le dije.

—No tengo plata. ANSES me sacó todo… o alguien, no sé. Yo cobraba una pensión graciable por accidente —dijo mientras intentaba mover el brazo derecho.

Se quedó pensando.

—Le voy a contar cómo me accidenté.

Lo que sigue es lo que pude captar de su relato.

Resulta que don Miranda había sido carbonero en Palma Sola. Hacía carbón para la empresa Zapla y, cuando esta cerró, se dedicó a la compraventa de productos de contrabando que traían de la frontera.

En uno de esos regresos inesperados encontró a su esposa… (de su campera desgastada asomaron el índice y el anular). Miranda, hombre pacífico, según me dijo, decidió probar suerte lejos de allí. En Buenos Aires vivía una hermana y para allá se fue.

No ganaba mucho, pero sí lo suficiente para pagar los servicios de una casita en la que oficiaba de casero. Siempre le sobraba algo. Esos pequeños ahorros se los entregaba a su hermana para que se los guardara.

La hermana era buena, decía.

Del marido no hablaba de la misma manera.

—Mmm… No había mucha confianza.

Pasaron cinco años y un día, su madre viajó desde Jujuy hasta Buenos Aires para visitarlo. Había ido a ver a su hijo, a su pobre hijo, como repetía Miranda. Pero la alegría del encuentro apagó el latido de su corazón. Miranda quería llevarla de regreso a Jujuy.

Con ayuda de sus compañeros y de su patrón hizo cuanto las autoridades le indicaron para trasladarla. El problema era el dinero, entonces recordó sus ahorritos. Cinco años de ahorros. Fue a buscar a su hermana, no le pidió ayuda, solo quería recuperar lo suyo.

—Dame lo que te he dao para que me lo guardes —le dijo.

—No. A mí no me diste nada —respondió la mujer, según Miranda, en un tono ya aporteñado.

—¿Cómo que no ti he dao?

Eusebio estaba a punto de estallar. No sé si de dolor o de bronca.

—Bueno, con eso construyí mi casa —dijo finalmente la mujer.

Y dio por terminada la conversación.

Miranda se quedó sin sus ahorros y con su madre muerta en Buenos Aires.

La empresa donde trabajaba le consiguió un cajoncito sencillo. Retiró el cuerpo y lo llevó hasta la casa donde vivía. No quiso que nadie lo acompañara.

Pero él tenía que llevar a su mamá a Jujuy.

Pasaron los días, los vecinos comenzaron a notar humo. También algunos ruidos. Después de aproximadamente dos semanas hicieron una denuncia ante las autoridades. Cuando estas ingresaron a la vivienda encontraron restos humanos dentro de una heladera vieja. En la cocina había señales de que allí se había encendido fuego.

Miranda, tenía que llevar a su madre a Jujuy.

Después vinieron los procedimientos, las preguntas, los informes. A Miranda lo recluyeron en una institución psiquiátrica. Allí no pudo leer las noticias que algunos diarios de Buenos Aires publicaron sobre su historia. Hablaban de un caso de antropofagia, de un hombre llegado del Norte y que acostumbrado al coqueo no se desprendía de una bolsa que contenía con una especie de ceniza que los originarios utilizan para acompañar el masticado de la coca.

No sé cuánto tiempo pasó desde entonces.

Ahora don Miranda está sentado a la margen del Xibi-Xibi. Quiere regresar a Palma Sola. Dice que no tiene plata. Habla de sus derechos, de policías vestidos de civil, de ANSES y de una pensión que ya no cobra. A su lado guarda celosamente una bolsita con cenizas y que nadie se atreva a decir que eso es legía.

Creo que los diarios, si pudieran, deberían cambiar los titulares y el cuerpo de la noticia.

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