Desde el balcón de su departamento, Aliósha pasaba horas mirando los aviones que aparecían y desaparecían sobre el bosque. Tenía siete años y le gustaba dibujar. Su último dibujo mostraba un avión grande, de colas altas y cabina diferente; el asiento del piloto estaba vacío.
—Mamá… ¿dónde está mi papá?
Sin recibir respuesta, Aliósha regresó a su cuarto. En su mente, su papá piloteaba uno de esos aviones plateados que volaban entre las nubes. Aliósha estaba convencido de que un día aterrizaría en la base y llegaría a casa como los padres de los demás niños.
En el departamento de enfrente vivía Mijaíl, un piloto recién llegado con quien el niño pronto hizo amistad. Le mostraba sus dibujos y le decía con absoluta seguridad:
—Ese es el avión de mi papá.
Una tarde, en casa del vecino, la madre de Aliósha se fijó en una foto de jóvenes pilotos. Allí estaba Nikolái, junto a Mijaíl. Habían sido amigos.
—No puede ser… —murmuró.
Entonces supo que Nikolái había muerto cinco años atrás en un accidente de aviación. Durante todo ese tiempo había vivido resentida con él y, al mismo tiempo, aferrada a la secreta esperanza de que algún día volvería. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Aliósha jamás podría conocer a su padre.
Finalmente, Mijaíl le habló a Aliósha de Nikolái.
—Sí, volaba aviones. Y era un excelente piloto.
Era tal como siempre lo había imaginado. Solo que nunca regresaría.
Aquella tarde el niño salió al balcón con la fotografía entre las manos. Ahora conocía la verdad. Observó un avión desaparecer entre las nubes y, por primera vez, no esperó que regresara en él.
Eric Álvarez Sánchez
15 de agosto de 2026
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