
Con el paso de los años también descubrí que las personas cambian y que los caminos se separan. Aquellos amigos y conocidos que alguna vez estuvieron cerca fueron tomando sus propios rumbos, hasta que un día me encontré casi sin darme cuenta con una realidad que nunca imaginé: me había quedado sola.
Hoy encuentro refugio principalmente en mi familia. En ellos encuentro ese lugar donde puedo sentirme acompañada, donde puedo ser yo misma y donde, aun en los días difíciles, encuentro un poco de calma.
Hay días en los que la rutina se vuelve eterna. Días en los que siento que la vida no es exactamente como alguna vez la imaginé. Quizás soñé con otras cosas, con otros caminos, con una vida diferente. Y cuando miro dónde estoy hoy, a veces me cuesta entender cómo llegué hasta acá.
He pasado por momentos difíciles. Algunos dejaron huellas que todavía llevo conmigo. Pero aprendí a aferrarme a los momentos buenos, a esas pequeñas cosas que muchas veces parecen insignificantes, pero que terminan siendo las que nos sostienen: una conversación, una risa, compartir un momento con la familia, disfrutar algo sencillo o simplemente tener un día tranquilo.
También hay momentos en los que siento miedo. Miedo de no saber qué viene después, de no tener la fuerza suficiente para enfrentar todo lo que la vida pone delante. Es como llevar una mochila muy pesada sobre los hombros. A veces quisiera dejarla en el camino, descansar un poco y sentir que alguien me dice que todo va a estar bien.
Pero, aun así, cada día me levanto y trato de dar lo mejor de mí.
Quizás eso también sea una forma de valentía.
No siempre tengo respuestas. No siempre tengo fuerzas. No siempre sé cuál es el camino correcto. Pero sigo acá. Sigo soñando, sigo intentando y sigo esperando.
Porque, a pesar de todo lo que me tocó vivir, todavía quiero creer que la vida puede sorprenderme.
Quiero pensar que en algún lugar del camino todavía existe algo bonito esperándome. Un nuevo sueño, una oportunidad, un proyecto, una persona, un lugar o simplemente una etapa en la que pueda sentirme en paz.
Y mientras ese momento llega, voy a seguir haciendo lo que aprendí a hacer: valorar lo pequeño, abrazar a quienes amo, guardar los buenos recuerdos y caminar, aunque algunas veces la mochila pese demasiado.
Porque mi historia todavía no terminó.
Y quizás, justamente ahora, esté comenzando uno de los capítulos que todavía no conozco.
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