Quizá lo sepa; quizá apenas lo sospeche… pero, semejante a un destello que cruza la penumbra antes de que la mirada consiga retenerlo, eso es lo que, secretamente, espero.

No quisiera incurrir en la osadía. Prefiero el amparo del recato: bordear su atención sin reclamarla, rozar apenas su percepción y continuar mi camino como quien nunca estuvo allí. Hay inclinaciones del corazón que, por ser demasiado delicadas, no soportan el estrépito de lo evidente.

Además, para el desenlace se reserva siempre aquello que merece ser distinguido de todo lo demás. Por eso he guardado con particular esmero lo que quisiera confiarle; no como quien entrega algo cualquiera, sino como quien custodia durante largo tiempo una pequeña reliquia, esperando que llegue una ocasión digna de ella.

He conocido antes otras formas de cercanía, pequeños episodios que quedaron suspendidos en el pasado, como páginas que alguna vez fueron leídas y luego cerradas. Y, sin embargo, si pudiera hacerlo sin alterar lo que fui, quizá las borraría de mi recuerdo. Quisiera que nada precedente interpusiera su sombra sobre aquello que ahora imagino.  Como si todo cuanto hubo antes no hubiera sido más que una antesala. Como si, después de tantas páginas, recién ahora hubiese aparecido aquella que uno no quisiera doblar jamás. Porque esto posee una cualidad distinta.
Una dulzura que se me vuelve difícil de comparar, casi imposible de traducir al lenguaje. Hay sensaciones que pierden parte de su encanto cuando intentamos definirlas; esta pertenece a esa clase de misterios que parecen pedir únicamente ser contemplados, no explicados.

Y quizá por eso, en ocasiones, hasta aquello que permanece callado parece anticiparse al pensamiento. Se entrega a la fantasía, imagina una suavidad todavía desconocida, ese sabor que apenas existe en la imaginación y la posibilidad de alcanzar, siquiera por unos segundos, una forma de afecto tan íntima que cualquier descripción terminaría resultando insuficiente. Es curioso cómo algunas cosas comienzan a suceder mucho antes de suceder. Primero aparecen como una idea. Después se vuelven deseo.

Luego adquieren una presencia extraña, casi tangible, aunque todavía no hayan ocurrido.

Y uno las guarda con cautela, porque hay sueños que pierden su encanto cuando se los expone demasiado. Es preferible conservarlos como se conserva una llama protegida entre las manos: sin apagarla, pero sin permitir que el viento la convierta en incendio. Tal vez por eso todo esto se parece tanto a contemplar el sol. Uno sabe que su resplandor puede deslumbrar. Sabe que no puede permanecer indefinidamente bajo él. Sabe, incluso, que aproximarse demasiado tiene consecuencias. Y aun así existe algo profundamente humano en querer sentir su calor. No para poseerlo. No para permanecer allí. 

Simplemente para saber qué se siente cuando aquello que durante tanto tiempo se contempló desde lejos concede, por un breve lapso, la posibilidad de ser alcanzado.

Quizá esa sea la verdadera naturaleza de lo que deseo: no prolongar lo que debe ser breve, ni transformar en permanencia aquello cuya belleza reside precisamente en su fugacidad. Solo concederme una pequeña licencia. Un acercamiento tan discreto que pudiera confundirse con el azar. Un segundo capaz de contener mucho más de lo que un segundo debería contener. Después, nada.

Él sabe esperar. No lo inquieta la premura. Avanza con parsimonia, con la serenidad de quien no carga deudas ni persigue aquello que no le corresponde. Si alguna vez llega, será sin estrépito; y si no llega, sabrá continuar su camino. No pretende quedarse. Pasará apenas a saludar.
No quiere incomodar, despertar inquietudes ni atravesar una frontera que no haya sido abierta para él. Hay una diferencia entre desear y exigir, entre aproximarse y conquistar, entre sentir profundamente algo y creer que, por sentirlo, se tiene derecho sobre ello. Por eso seguirá siendo apenas una posibilidad. Quizá atraviese el momento sin dejar rastro. Quizá usted lo perciba. Y si ocurre, quizá no haga falta decir nada.
Porque no habrá habido insolencia, ni arrogancia, ni intención de vulnerar aquello que merece cuidado. Solo una inclinación secreta del corazón. Una leve tentación de aproximarse a aquello que resplandece. 


De conocer, aunque sea por una fracción de tiempo, la dulzura que la imaginación lleva tanto tiempo anticipando. Y después, retirarse. Sin reclamar nada. Sin pedir permanencia. Como quien se acerca al sol únicamente para sentir su calor en el rostro y, antes de que la luz se vuelva por demas intensa y cegadora, emprende nuevamente el camino.


Quizá lo sepa.

Quizá apenas lo atisbe.

Y quizá eso sea suficiente.

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