Hay objetos que, por su modestia, parecen indignos de la metafísica. Un espejo reclama de inmediato ciertas especulaciones; un laberinto, casi todas. Una puerta giratoria, en cambio, pertenece al repertorio de las cosas útiles. Su finalidad es práctica: regular entradas y salidas, administrar el flujo humano. Sin embargo, sospecho que esa aparente simplicidad encubre un símbolo tan vasto como los otros.
La observé una tarde en el vestíbulo de un antiguo hotel. Durante unos minutos contemplé el movimiento repetido de sus hojas de cristal. Los hombres entraban; los hombres salían. Algunos llevaban prisa, otros cansancio. Ninguno parecía advertir que, durante un breve instante, permanecían suspendidos entre dos ámbitos. Ya no estaban afuera; todavía no estaban adentro.
Pensé entonces que acaso toda existencia reproduzca la lógica secreta de aquella máquina.
Los teólogos describen la vida como una peregrinación. Los filósofos, como un tránsito. Los poetas prefieren llamarla viaje. Todas esas metáforas comparten una misma convicción: nadie permanece. Vivimos atravesando umbrales. La infancia es una puerta giratoria hacia la juventud; la juventud hacia la madurez; la memoria hacia el olvido. Cada momento nos expulsa del anterior mientras nos introduce en otro que aún desconocemos.
La paradoja consiste en que imaginamos las transiciones como acontecimientos excepcionales. Creemos que los cambios ocurren en ciertos días memorables. En realidad, ocurren siempre. El hombre que despierta por la mañana no es exactamente el mismo que se acostó la noche anterior. Algo ha cambiado, aunque sea imperceptiblemente. El tiempo gira con la discreción de una puerta de cristal.
Existe además una peculiar justicia en ese mecanismo. La puerta giratoria prohíbe la simultaneidad absoluta. Para entrar, hay que abandonar algo; para salir, hay que dejar atrás un espacio. Nadie puede ocupar ambos lados a la vez. También la vida parece regirse por esa ley. Cada elección clausura innumerables posibilidades. Elegir una vocación implica renunciar a otras. Amar una persona supone excluir infinitas historias alternativas. Quizá el destino no sea otra cosa que el conjunto de puertas que hemos atravesado y de aquellas que dejamos cerrarse.
Algunos hombres se resisten. Permanecen inmóviles dentro del compartimiento giratorio, aferrados a una ilusión de permanencia. Ignoran que la máquina continúa moviéndose. El resultado suele ser la perplejidad o la melancolía. Nadie detiene el mecanismo permaneciendo quieto.
Años después de aquella observación, llegué a sospechar una conjetura más inquietante. Tal vez el universo entero sea una inmensa puerta giratoria. Nacer sería entrar; morir, salir. O acaso al revés. Nadie puede saberlo. Las religiones, las filosofías y las cosmogonías serían apenas intentos de describir lo que existe a ambos lados del cristal.
Mientras tanto, seguimos girando.
Y acaso la verdadera sabiduría no consista en descubrir qué hay detrás de la puerta, sino en comprender que el movimiento mismo es el misterio. Porque el hombre desea llegar, pero el tiempo parece haber elegido otra cosa: convertirnos, para siempre, en pasajeros del umbral.
OPINIONES Y COMENTARIOS