Mi padre fue quien me hizo conocer los libros. Yo tenía ocho años y, hasta entonces, leer significaba apenas cuentos ilustrados que podían terminarse en diez minutos. Una tarde, mi padre se acercó con un libro entre las manos. Era Juan Salvador Gaviota. Se sentó a mi lado, me lo tendió y me preguntó con una sonrisa:
—¿Querés leer esto?
Lo tomé entre mis manos sin saber que estaba recibiendo mucho más que un libro. Intenté leerlo, pero la historia de aquella gaviota que quería volar más alto se me hizo difícil de entender. Me aburrí, llegué hasta la mitad y lo dejé. Unos días después, mi padre me preguntó:
—¿Lo terminaste? Lo miré a los ojos y le dije que sí.
Era mentira. Él sonrió, me acarició la cabeza y no dijo nada.
Dos años después, mi padre murió. Y con diez años descubrí que hay dolores que llegan demasiado temprano para que un niño sepa dónde ponerlos. Durante mucho tiempo no pude pensar en él sin sentir un vacío en el pecho, pero entre todos los recuerdos había uno que regresaba una y otra vez: aquel libro, aquella pequeña mentira. Yo había pensado que no significaba nada, una mentira inocente de un niño que quería evitar decepcionar a su padre, pero después de su muerte comenzó a sentirse enorme. Me preguntaba si él había sabido que no lo había terminado, si se había dado cuenta de que apenas había leído unas páginas, si había querido compartir conmigo algo que amaba y yo no había sido capaz de entenderlo. Sentía que le había fallado.
Pasaron los años, hasta que un día heredé sus libros. Eran varios estantes llenos de historias que habían pasado por sus manos. Algunos tenían las tapas gastadas, otros las páginas amarillentas. Los fui mirando uno por uno, hasta que lo vi: Juan Salvador Gaviota. Lo reconocí inmediatamente. Lo tomé entre mis manos y, por primera vez, aquel libro dejó de ser un libro. Era mi padre. Decidí terminarlo, no porque quisiera descubrir qué tenía de especial aquella gaviota, sino porque necesitaba terminar algo que había dejado inconcluso cuando todavía tenía ocho años y un padre que podía preguntarme si había llegado hasta el final. Abrí el libro y busqué la página donde recordaba haberme quedado, pero antes de encontrarla, algo cayó entre las hojas. Era una hoja arrancada de un calendario. La levanté con cuidado. Era de enero de 2002 y tenía una imagen de unos caballos corriendo en medio del campo. Debajo, con la letra inconfundible de mi padre, había escrito:
“Nunca olvidaré tu día, mis días, tus días, eterno amor.”
Y el 25, mi cumpleaños, estaba encerrado en un círculo.
Me quedé inmóvil. Sentí que el aire se me iba del pecho. Volví a leerlo una vez, después otra, y otra. “Nunca olvidaré tu día, mis días, tus días, eterno amor.” Esa frase escrita por él tantos años atrás había permanecido escondida dentro de aquel libro mientras yo crecía sin saber que existía. Y entonces entendí algo: quizás mi padre había sabido que yo no había terminado el libro. Quizás había sabido que apenas había entendido unas pocas páginas. Tal vez incluso había sonreído aquella tarde porque sabía que yo era demasiado chico para comprender lo que quería regalarme. Pero no me había reprochado nada. Había dejado allí algo que algún día sería mío: un pequeño pedazo de su vida escondido entre las páginas de un libro.
Me eché a llorar. Lloré por el niño que había sido, por el padre que ya no estaba, por todos los cumpleaños que habían pasado sin él y por aquella mentira que durante años había llevado como una culpa. Y lloré porque, de pronto, aquella culpa comenzó a desaparecer. Porque entendí que él nunca había necesitado que yo terminara aquel libro para quererme. Nunca necesitó que yo entendiera aquella historia. Solo había querido acercarme algo que amaba y, sin saberlo, me había dejado mucho más.
Cerré el libro contra mi pecho y lloré como no había podido llorar cuando tenía diez años. Por primera vez, el recuerdo de mi padre no se sintió como una herida. Se sintió como un abrazo. Después terminé de leer Juan Salvador Gaviota y, cuando cerré el libro, entendí que aquel había sido el comienzo de algo que iba a acompañarme para siempre. Desde ese día, los libros dejaron de ser solamente libros. Se convirtieron en refugios, en puentes, en lugares donde podía encontrar a quienes ya no estaban, en mensajes que alguien podía escribir hoy y que otra persona podía encontrar muchos años después, cuando finalmente estuviera preparada para entenderlos. Mi padre no solo me dejó sus libros. Me dejó una forma de encontrarlo.
Y quizá por eso, cada vez que abro un libro, siento que vuelvo a tener ocho años. Él está frente a mí, sentado a mi lado, sosteniendo Juan Salvador Gaviota entre las manos. Me lo acerca y me pregunta con una sonrisa:
—¿Querés leer esto? Y esta vez no le miento.
Lo abrazo.
Y le digo que sí.
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