Durante mucho tiempo creyó que la soledad era silencio.
Cuando era chica, cuando la casa se volvía demasiado grande y ella demasiado pequeña, aprendió a refugiarse en los libros. Leía para escapar de la realidad de un hogar que muchas veces estaba lleno de tristeza, tensión y dolor. Se escondía entre sus páginas para poder vivir, aunque fuera por un rato, la felicidad, el amor y la calma que otros personajes tenían y que ella tanto necesitaba.
Leía para habitar otras vidas.
Para sentir, a través de ellos, lo que en la suya parecía faltar.
Y también para descubrir que no era la única que sufría. Que otros habían atravesado pérdidas, miedo, soledad y dolor, y aun así habían encontrado la manera de seguir adelante. Quizás, sin saberlo, los libros le enseñaron algo que necesitaba desesperadamente escuchar: que una historia podía doler mucho y, aun así, no terminar ahí.
Después creció.
Y descubrió que también podía cantar.
Al principio cantaba cuando estaba sola. En esos días en los que la tristeza parecía no tener principio ni final, se obligaba a recordar las pequeñas cosas que podían sacarla de ese lugar.
Leer.
Caminar.
Cantar.
Y cantar era diferente.
Porque cuando cantaba, el silencio dejaba de ser una condena.
Su voz llenaba las habitaciones. Por unos minutos, ya no importaba que estuviera sola. Podía transformar un lugar vacío en un lugar con color, movimiento y sonido.
Podía acompañarse a sí misma.
Con los años se animó a cantar frente a otros. Primero tímidamente. Después un poco más. Hasta que decidió tomar clases y convertir aquello que alguna vez había sido un refugio en algo todavía más hermoso.
Cantar había sido una de las pocas formas en las que se había permitido ser espontánea.
Sin pensar demasiado.
Sin pedir permiso.
Sin preguntarse si estaba molestando.
Simplemente siendo.
Por eso dolió tanto cuando, un día, la persona que había elegido para compartir su vida le hizo sentir que cantar era una molestia.
Quizás para él sólo había sido un comentario.
Quizás no imaginó todo lo que había detrás de una canción.
Pero ella sí.
Porque él no estaba escuchando solamente una voz.
Estaba tocando una parte de ella que había tardado años en salir de su escondite.
La niña que había aprendido a callarse para no generar problemas.
La que se escondía en los libros para escapar de una realidad que le dolía y vivir, aunque fuera durante unas horas, el amor y la felicidad de otros.
La que encontró en esas historias una forma de sentirse acompañada cuando estaba sola.
La que aprendió, entre páginas, que incluso quienes sufrían podían encontrar un camino para seguir.
Y finalmente, la mujer que había conseguido algo que durante mucho tiempo creyó imposible: dejar de esconderse.
Había aprendido a ocupar espacio.
A hacer ruido.
A cantar.
A llenar una habitación con algo que salía directamente de ella.
Y de repente, aquello que había significado libertad volvió a sentirse como una molestia.
Esa noche no dejó de cantar porque hubiera dejado de amar la música.
Dejó de cantar porque, por primera vez, tuvo miedo de que alguien pudiera escucharla y pensar que era demasiado.
Demasiado espontánea.
Demasiado sensible.
Demasiado ruidosa.
Demasiado ella.
Y quizás eso era lo que más dolía.
No que a alguien le molestara una canción.
Sino sentir que, después de tantos años aprendiendo a no desaparecer, la persona que había elegido para sentirse acompañada le había hecho querer volver a esconderse.
Porque cantar nunca había sido solamente cantar.
Había sido su manera de decir:
Estoy acá.
Todavía estoy acá.
Y ahora, en medio del silencio, sólo podía preguntarse cuánto tiempo le llevaría volver a sentirse segura siendo ella misma.
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