—¿Qué nos pasa, amigo?

La pregunta parece sencilla, pero acaso contiene una de esas respuestas que nadie quiere escuchar. Hace muchos años alguien encontró una fórmula casi perfecta para explicar ciertas derrotas: «Es la economía, estúpido». La frase tenía algo de insolencia y algo de verdad. Como suelen tener las frases que sobreviven.

Pero con el tiempo uno descubre que la economía explica muchas cosas y, sin embargo, no explica todo.

Porque detrás del precio del pan hay un hombre que ha dejado de comprarlo. Detrás de una jubilación insuficiente hay una vida entera que ya no puede permitirse ciertas cosas. Detrás de una factura hay una conversación que se posterga. Y detrás de cada número de una estadística hay alguien que, a diferencia del número, tiene memoria.

Quizá eso sea lo que nos pasa, amigo: hemos aprendido a hablar de la vida como si fuera una planilla de cálculo.

Decimos inflación, déficit, crecimiento, deuda. Palabras necesarias, sin duda. Pero ninguna de ellas sabe lo que significa abrir una billetera y encontrar menos de lo que esperábamos. Ninguna sabe lo que es entrar a una librería, mirar un libro durante unos minutos y volver a dejarlo en el estante.

La economía es importante. Sería necio negarlo. Pero una sociedad no se empobrece únicamente cuando pierde dinero. También se empobrece cuando pierde la esperanza, la cortesía, la confianza en el otro y esa antigua convicción de que mañana, aunque no sea mejor, al menos será posible.

Por eso quizá deberíamos modificar aquella célebre sentencia.

No es solamente la economía, estúpido.

Somos nosotros.

Lo que hacemos con la economía, lo que hacemos con el poder, lo que hacemos con el tiempo y, sobre todo, lo que hacemos con los demás.

Y tal vez la pregunta siga siendo la misma, mucho más antigua que cualquier gobierno:

—¿Qué nos pasa, amigo?

Y esta vez no tenemos una frase ingeniosa para responder.

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