Este es un cuento de muchas tristezas que perfuman el alma, dijo el protagonista, pintado aún de payaso.
Le había tocado lidiar con un abultado archivo de recuerdos y vivencias. Los cargaba como quien transporta cajas húmedas por una escalera interminable. Cada vez que llegaba la hora de salir a escena, aquellos recuerdos le arrugaban el alma más que el maquillaje la piel.
Le pagaban con monedas devaluadas para hacer reír. Algunas veces eran monedas reales; otras, simples aplausos que no alcanzaban para llenar el vacío de la noche. Sin embargo, él seguía allí, frente a los focos, haciendo piruetas sobre la cuerda floja de los días.
Lo que le daba impulso era una frase escrita en un viejo manifiesto que guardaba doblado en el bolsillo interior de su chaqueta:
«El mundo se descontrola cuando, a pesar de sus golpes, haces reír a otros».
Entonces recordaba los sufrimientos de ayer y, con algo de picante y exageración, los convertía en argumentos para su actuación. La caída se volvía chiste. La traición se volvía anécdota. El hambre se volvía una sonrisa torcida. Y el público aplaudía sin sospechar que estaba riéndose de heridas todavía abiertas.
Pasaron los años.
Una noche, mientras se preparaba para una nueva función, abrió por accidente el archivo de sus recuerdos. Entre fotografías descoloridas, cartas incompletas y nombres que ya nadie pronunciaba, encontró algo que había olvidado.
No era un recuerdo.
Era una pregunta.
La leyó una y otra vez:
«¿Quién eras antes del maquillaje?»
Sus manos temblaron.
Miró el espejo.
Por primera vez no vio al personaje. No vio la nariz roja ni la sonrisa dibujada. Tampoco vio al hombre que había aprendido a sobrevivir convirtiendo el dolor en espectáculo.
Vio a un desconocido.
Y entonces recordó.
No era payaso.
Nunca lo había sido.
Había comenzado a usar aquel disfraz para atravesar una temporada de tristeza, y terminó habitándolo durante tantos años que confundió el traje con la piel.
El público esperaba detrás del telón.
Pero aquella noche ocurrió algo extraño.
Salió al escenario sin maquillaje.
Nadie rió.
Nadie aplaudió.
Sin embargo, por primera vez en toda su vida, tampoco sintió que estaba actuando.
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