Hay una cortesía que hemos olvidado: la de esperar.

Hay una cortesía que hemos olvidado: la de esperar.

No me refiero a la paciencia, que puede ser una virtud o una forma elegante de resignación, sino a ese antiguo gesto de concederle al otro el tiempo necesario para existir. Esperar una respuesta. Esperar que alguien termine de hablar. Esperar que una puerta se abra sin golpearla diez veces. Esperar, incluso, que aquello que deseamos encuentre por sí mismo la hora de suceder.

Vivimos en un tiempo que ha declarado intolerable toda demora. El mensaje debe ser contestado, la imagen recibida, la palabra confirmada. Hemos inventado máquinas capaces de llevar una voz al otro extremo del mundo en un instante y, sin embargo, hemos perdido la delicadeza de dejar que una respuesta tarde.

Tal vez esperar sea una forma secreta de respeto.

Quien espera reconoce que el otro no es una máquina destinada a satisfacer nuestras urgencias. Le concede una libertad mínima: la de pensar, la de dudar, la de no saber todavía qué decir.

Recuerdo —o imagino recordar— aquellos tiempos en que una carta podía tardar semanas. Durante ese intervalo, el destinatario era casi un personaje de ficción. Podía haber cambiado de opinión, de ciudad, de tristeza. El mensaje llegaba tarde, pero acaso llegaba más profundamente.

Ahora esperamos apenas unos segundos y ya sentimos que hemos sido olvidados.

Quizá la verdadera cortesía no consista en responder pronto, sino en saber esperar sin convertir la espera en un reproche.

Hay silencios que no son indiferencia. Hay demoras que contienen una respuesta. Y hay esperas que, sin que lo sepamos, son la última forma que conserva el mundo de concedernos un poco de misterio.

Esperar es también aceptar que no todo nos pertenece.

Ni siquiera el tiempo del otro.

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