El tiempo, que suele ser refractario a las virtudes morales, consiente sin embargo una paradoja: la espera. Zeno de Elea intuyó que para cubrir la distancia entre dos puntos hace falta atravesar infinitos puntos intermedios; se equivocó en la física, pero acertó sin saberlo en la psicología del que aguarda. Esperar es someterse a esa división infinita del minuto. Es aceptar que el presente no es un instante fugaz, sino una vasta superficie de arena donde las horas demoran su paso con una vaga, implacable ceremonia.
Hay en el acto de esperar una suerte de matemática secreta y de resignada cortesía. Quien aguarda concede al otro —o al destino, que no es más que el otro bajo un disfraz de sombra— el derecho soberano sobre su propia muerte; pues ¿qué otra cosa es el tiempo que se nos concede sino una paulatina muerte que aceptamos prorrogar? Aguardar a alguien en un vestíbulo de espejos, en una esquina de Buenos Aires o en la margen de un río que nunca es el mismo, constituye una silenciosa capitulación. El esperador suspende sus proyectos, detiene el curso de su laberinto personal y ofrece ese lapso estéril como una ofrenda discreta.
De esa rara cortesía sabemos poco, porque el siglo XXI padece la histeria del movimiento. La prisa, esa vulgaridad de los relojes digitales, considera la espera un error de cálculo o una afrenta. Se ha olvidado que los dioses antiguos no corrían y que la eternidad es, acaso, una forma fija y paciente de la espera. Dante no escribió sobre la espera en el Infierno porque el Infierno es el dominio del castigo inmediato; la situó, en cambio, en la montaña del Purgatorio, donde el tiempo cobra la dignidad de una purificación.
Me atrevo a sospechar que el universo no es más que una conversación pospuesta. Esperamos el libro que no habremos de escribir, la cara que olvidamos al despertar, la palabra final que justifique o anule nuestra vigilia. En esa paciencia ciega hay una elegancia casi trágica. Esperar es saber que la cita tal vez no se cumpla jamás, pero insistir en el ademán de la puerta abierta, acaso porque en ese margen de incertidumbre habita la única libertad que nos está dada: la ilusión de que el futuro todavía no ha sido escrito.
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