El idiota de Fiódor Dostoyevski.

Hay libros que uno lee y hay libros que, de algún modo, lo leen a uno. El idiota pertenece a la segunda especie. Desde su título parece proponernos una paradoja: llamar idiota al único hombre de la novela que todavía conserva una forma de inocencia.

El príncipe Myshkin regresa a Rusia después de una larga enfermedad. No trae dinero, poder ni una estrategia para vivir. Trae algo mucho más incómodo: bondad. Y en un mundo gobernado por el orgullo, el deseo, la sospecha y el dinero, la bondad resulta casi una enfermedad.

Dostoyevski parece preguntarse si un hombre verdaderamente bueno puede sobrevivir entre hombres que han aprendido a desconfiar de la bondad.

La respuesta es terrible.

Myshkin comprende demasiado y juzga demasiado poco. Ve en Nastasia Filíppovna aquello que los demás prefieren no ver: no solamente a una mujer hermosa y atormentada, sino a una criatura herida que ha terminado creyéndose culpable de su propia desgracia. Ve también en Rogozhin una pasión que ha dejado de ser amor para convertirse en destino. Pero comprender a los otros no lo salva.

Tal vez porque la comprensión, cuando carece de poder, sea una forma sublime de impotencia.

Hay algo profundamente borgeano en la novela: los personajes parecen hombres atrapados dentro de una historia que ya conocen, aunque ignoren su desenlace. Aman aquello que los destruirá, persiguen aquello que no podrán poseer y confunden, una y otra vez, la felicidad con su imagen.

El idiota no es necesariamente quien ignora la realidad. Quizá sea quien la conoce y, aun así, se niega a aceptar sus reglas.

Por eso Myshkin resulta insoportable.

En una sociedad donde todos calculan, él no calcula. Donde todos sospechan, él confía. Donde los demás convierten el amor en posesión, él intenta convertirlo en compasión. Su derrota estaba escrita desde el comienzo, aunque Dostoyevski nos conceda durante unas páginas la ilusión de que la pureza puede modificar el destino.

No lo modifica.

Pero queda una duda más inquietante: quizá Myshkin no fracasa porque sea bueno, sino porque pretende ser bueno en un mundo que no sabe qué hacer con un hombre que no participa del juego.

El título de la novela, entonces, adquiere otra significación. El idiota podría ser él. Pero también podríamos ser nosotros, los lectores, que todavía esperamos que la bondad tenga alguna recompensa.

Dostoyevski, más cruel que sus personajes, no nos la concede.

Y acaso allí reside la grandeza del libro: en recordarnos que algunas derrotas no demuestran que una vida haya sido inútil. Hay hombres que pierden precisamente aquello que los hacía dignos de ser salvados.

Myshkin pierde.

Pero quizá los demás, al sobrevivir, hayan perdido algo mucho más irreparable.

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