Memorias. La hispano-soviética

Memorias. La hispano-soviética

Nació Rosa Carrasco Solís en una madrugada fría. Era jueves, 31 de diciembre de 1931, y Linares, en Andalucía, amanecía bajo una lluvia menuda que hacía repicar los tejados. La recibieron con esa alegría antigua, casi ritual, que acompaña a los niños que llegan cuando el año está a punto de morir. La comadrona anunció que Rosa —pelirroja como su madre— había nacido sana. Mientras afuera se apagaba el último día del año, dentro de aquella casa comenzaba una vida que habría de conocer demasiados inviernos.

Cuarenta años después, también un 31 de diciembre, la conocí en La Habana.

Era 1971 y la ciudad tenía ese aire peculiar de las vísperas, una mezcla de cansancio y esperanza. Rosa celebraba su cumpleaños en un apartamento de Kohly, un reparto silencioso que se extiende entre el bosque y el río Almendares. Trabajaba con mi esposa desde 1961 en la Academia de Ciencias, en el departamento de documentación. Era historiadora, intérprete de ruso y, sobre todo, una mujer tranquila, cuya serenidad parece haber sido conquistada a fuerza de haber sobrevivido a demasiadas cosas.

Aquella noche había otros invitados: españoles llegados de la Unión Soviética y un militar cubano que, por su manera de hablar poco y observar mucho, parecía custodiar algún secreto.

Fue allí donde escuché por primera vez una expresión que entonces me resultó insólita: Hispano-soviético. Para mí fue un descubrimiento.

Eran españoles que habían crecido en la Unión Soviética y que, después del triunfo de la Revolución cubana, fueron enviados a la isla para servir de puente lingüístico y cultural entre La Habana y Moscú. Habían aprendido el ruso como lengua de formación y conservaban el español como una patria interior. Eran, de algún modo, españoles sin España y soviéticos sin haber nacido en Rusia.

Pero la historia de Rosa era todavía más extraña.

Porque el destino —artesano invisible— había comenzado a mover sus hilos desde el mismo nacimiento de aquella niña. Las Parcas, quizá, estaban distraídas aquella noche. O acaso bebían demasiado.

La República española avanzaba entonces por un país desgarrado por ideas que chocaban entre sí: republicanos, socialistas, anarquistas, nacionalistas, comunistas. La esperanza y el enfrentamiento caminaban juntos. Después llegó la guerra. Y en 1939, la derrota.

Rosa apenas tenía ocho años cuando su padre, Juan Carrasco, panadero y dulcero, anarquista por convicción y defensor de la República, tuvo que convertirse en fugitivo. Para los vencedores era un enemigo. Sobre su cabeza pesaba la amenaza del fusilamiento.

Una noche apareció afuera un coche tirado por dos caballos. Lo conducía una antigua monja a la que Juan había ayudado a escapar de un convento. No era su esposa, pero entre ambos existía una relación que iba más allá de la amistad. Juan tomó de la mano a Rosa y, acompañado por Julián, su hijo de quince años, subió a la carroza. Buscaban a unos rusos que podían ayudarlos a abandonar España.

Adela, la madre, no supo nada hasta que ya era demasiado tarde.

Dos hijos habían sido arrancados de su lado por el propio padre.

Así comenzó el calvario.

En enero de 1940, Rosa y su hermano llegaron a la Unión Soviética. Fueron recibidos en un refugio para niños españoles. El padre se instaló con aquella mujer en algún lugar cercano. El peligro imponía silencio. No había cartas. No había noticias. Las distancias no se medían en kilómetros, sino en miedo.

Rosa lloraba por su madre, por su casa, por aquella Andalucía que apenas comenzaba a conocer cuando le fue arrebatada. Julián la consolaba.

Pero la historia todavía no había terminado de cobrar su precio. En 1941, la guerra llegó a la Unión Soviética de la mano de los ejércitos alemanes. El invierno volvió a caer sobre la tierra, esta vez acompañado por el estruendo de los cañones.

Su padre y su hermano marcharon al frente. Ambos murieron. Rosa quedó sola.

Alrededor de ella había otros niños españoles, criaturas desplazadas por una guerra que había comenzado lejos y que, sin embargo, parecía perseguirlos hasta el último rincón del mundo. La mujer que había acompañado a su padre desapareció de su vida. Rosa me contó aquella noche en Kohly que, durante aquellos años, llegaron a comer millo para no morir.

Hay palabras que uno escucha una sola vez y ya no consigue olvidar. Millo.

Una palabra sencilla, casi doméstica, pero que en boca de Rosa parecía contener un invierno entero. Rusia terminó convirtiéndose en su país.

Allí estudió, creció y aprendió a vivir dentro de una cultura que al principio había sido extraña y que terminó formando parte de ella. España quedó atrás. Andalucía, Linares, la casa de la infancia, la voz de su madre: todo fue quedando cubierto por una especie de niebla interior. Pero la lengua natal sobrevivió. Permaneció dentro de ella como una brasa enterrada bajo las cenizas.

La universidad y la vida soviética terminaron de moldearla. Entre nieve, hambre, idiomas y silencios, Rosa se hizo mujer. Y también militante del Partido Comunista Español. Después llegó Cuba.

La Revolución había escogido su rumbo y la alianza con la Unión Soviética comenzaba a penetrar en todos los ámbitos de la vida cubana. Pero en la isla casi nadie hablaba ruso. Moscú necesitaba intérpretes, traductores, técnicos, mediadores. Y entonces aquellos niños españoles que habían crecido en la Unión Soviética adquirieron una nueva utilidad histórica. Eran el puente. Españoles que hablaban ruso. Hispano-soviéticos.

Rosa —Rosita, como terminamos llamándola— llegó a Cuba acompañada de un hijo de unos doce años. Su padre, un soviético del Cáucaso, la había abandonado. El muchacho, Eduardo Carrasco, hablaba un español perfecto. Años después trabajaría en la embajada soviética en La Habana.

Los hispanosoviéticos vivían en una situación particular. Disponían de ciertos privilegios: tiendas soviéticas, viviendas confortables y acceso a productos que para el cubano común comenzaban a convertirse en rarezas.

Cuando mi esposa y yo nos casamos, en aquellos años en que conseguir ropa podía convertirse en una odisea, Rosita nos regaló un ajuar completo comprado en aquellas tiendas. Lo recuerdo todavía.

Porque hay regalos que no terminan de ser regalos: se convierten, con los años, en fragmentos de una época.

Rosita era inteligente y noble. Llevaba, sin embargo, una pesada carga de dolores antiguos. Había vivido demasiado y había perdido demasiado. Pero no era una mujer dogmática.

Veía en la Revolución cubana una posibilidad de escapar de aquella existencia soviética que la había formado y, al mismo tiempo, una manera de sentirse más cerca de España.

Conversando con mi esposa, repetía que quería regresar algún día a la tierra que había dejado siendo niña. Quería volver a España, aunque el miedo al franquismo también estaba allí, como una sombra.

Consiguió ponerse en contacto con sus dos hermanas cuando su madre ya había muerto. Y viajó.

La España que había llevado durante décadas dentro de sí la esperaba en Linares. Pero la esperaba de otra manera.

Las hermanas, ya casadas, vivían su propia vida. Una modesta panadería-dulcería del pueblo formaba parte de aquella existencia familiar que Rosa había idealizado durante tantos años. Allí estaban los sobrinos, tres niños que pertenecían a una familia que ella apenas conocía. Y estaba también la memoria de la madre. Rosa fue al cementerio. Lloró ante su tumba.

Quizá en aquel momento se produjo el encuentro que había esperado durante más de treinta años: la niña de Linares y la mujer que había sobrevivido a Rusia, a la guerra, al hambre y al exilio. Pero la familia no la recibió como ella había imaginado.

Para sus hermanas, Rosa era la comunista. La roja. La mujer que venía de Rusia hablando la lengua del bolchevismo. Había regresado a España, pero España ya no era exactamente la España que habitaba en sus recuerdos.

Antes de regresar a Cuba, Rosa contaba una escena que siempre me impresionó. Un cura del pueblo le dijo a Eduardo:

—Eres una ovejita de Fidel Castro.

Quizá aquella frase resumía, con una crueldad casi infantil, todo el drama. Rosita regresó a Cuba.

Había ido a España buscando una patria y encontró una frontera. La España que había amado desde lejos le había cerrado las puertas. Era una mujer sin país.

La Habana de los años setenta era todavía una ciudad viva, pero sobre ella pesaba cada vez más la ideologización de la vida cotidiana. La libreta de abastecimientos regulaba la existencia doméstica; el campo comenzaba a mostrar las grietas de una agricultura sometida a proyectos grandiosos y resultados inciertos. Hasta el renombrado Cordón de La Habana, concebido para transformar la periferia de la capital en una enorme zona agrícola, terminó convirtiéndose en uno de esos episodios en que la realidad se empeña en desmentir a la voluntad política. Y en medio de aquella Habana estaba Rosita.

Ni completamente española, porque España la había perdido. Ni completamente rusa, porque Rusia no era su tierra natal. Ni enteramente cubana, porque Cuba tampoco podía borrar los inviernos de su infancia.

Con el tiempo comprendimos que aquel no era solamente su drama.

Los llamados hispano-soviéticos cargaban, de distintas maneras, con una misma paradoja: eran españoles sin España, rusos sin Rusia y, al llegar a Cuba, cubanos sin terminar de sentirse cubanos. Tres geografías. Dos idiomas y ninguna patria completa.

Rosa murió en Cuba, en la primavera de 2005. Se llevó consigo sus dolores, sus silencios y aquella infancia que nunca consiguió recuperar.

Hoy la recuerdo como amiga. La recuerdo como española, como rusa, como cubana. Pero por encima de todas esas identidades, la recuerdo como ser humano.

Un ser humano desarraigado por las ideologías, por las guerras y por esas decisiones de la Historia que se toman en grandes salones y terminan cayendo sobre la vida de una niña que, una madrugada de diciembre, nació en Linares mientras llovía sobre los tejados. Quizá ese sea el verdadero nombre de su historia: el desarraigo.

Algunas personas pierden una casa. Otras pierden una patria. Rosa perdió las dos.

Y, sin embargo, durante toda su vida conservó dentro, aquel sonido de la llovía, sobre Linares.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS