Quiero, necesito tener un gato.

No por su utilidad, que es una palabra demasiado humana, ni siquiera por su afecto, que los gatos administran con la prudencia de un banquero. Lo quiero por su silenciosa compañía: ese pequeño tigre de salón que atraviesa la casa como si recordara un reino que nosotros hemos olvidado.

El gato no conversa, pero acaso ninguna conversación sea necesaria. Se sienta junto a nosotros y contempla la tarde con una indiferencia que tiene algo de sabiduría. A veces pienso que no vive en nuestra casa: somos nosotros quienes habitamos, provisoriamente, la suya.

Tener un gato sería, quizá, aceptar la compañía de un misterio.

Un misterio que ronronea.

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