Hay preguntas que uno formula demasiado tarde, no porque antes no supiera la respuesta, sino porque durante años prefirió la incertidumbre. Una de ellas es ésta: ¿soy adulto o estúpido?
La diferencia, sospecho, no siempre es visible. El adulto conoce las reglas; el estúpido cree que las conoce. El adulto aprende de sus errores; el estúpido los convierte en una tradición personal. Uno acepta que puede equivocarse; el otro necesita que el universo entero se equivoque para conservar intacta su razón.
He conocido hombres que acumulaban años con admirable puntualidad y, sin embargo, seguían siendo niños. También he conocido algún estúpido que, por una extraña cortesía del destino, parecía sabio.
Quizá ser adulto consista en algo menos solemne: saber que no entendemos del todo lo que nos sucede y, aun así, continuar. Admitir que ciertas derrotas fueron culpa nuestra. Perdonarnos alguna ingenuidad. Cambiar de opinión sin sentir que hemos traicionado al hombre que fuimos.
El estúpido, en cambio, vive defendiendo su pasado como si fuera una tesis doctoral.
Tal vez la pregunta verdadera no sea si soy adulto o estúpido, sino algo más incómodo:
¿Cuántas veces fui uno creyendo ser el otro?
Y esa pregunta, como ciertas puertas de una biblioteca infinita, no conduce a una respuesta. Conduce a otra pregunta.
Que quizá sea la forma más digna de inteligencia que nos ha sido concedida.
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