EL LUGAR DONDE TE PIENSO

Había lugares remotos donde solía ir a buscar inspiración:

paisajes inhóspitos, silencios largos, rincones donde nadie pudiera interrumpir el diálogo entre una hoja en blanco y mi imaginación.

Y, sin embargo, últimamente me bastaba hablar contigo.

No sé en qué momento empezaste a convertirte en una concesión al romanticismo. Quizás fue entre una conversación y otra, entre alguna confesión inesperada y esas palabras que llegan con la naturalidad de quien no sabe que acaba de encender una chispa.

Yo quería tomar un cuaderno y convertirte en prosa poética.

Desnudarte, sí, pero no solamente el cuerpo.

Desnudarte en mi imaginación. Quitar lentamente las capas de lo cotidiano, de las historias que traemos encima, de aquello que alguna vez fuimos, hasta encontrar ese lugar secreto donde el deseo y la ternura dejan de ser enemigos.

Porque hay noches en que la imaginación vuela y la pasión también.

Y entonces pienso en tu cintura, en un abrazo que todavía no existe pero que mi imaginación ya conoce, en ese instante absurdo en que dos personas podrían entrelazar los meñiques y hacer un pacto contra el ruido del mundo.

Quizás lo nuestro fue destino, o buena suerte, o una coincidencia de esas que aparecen cuando uno menos las espera.

Tal vez fueron apenas migas del despertar, pequeñas vitaminas para recordarnos que todavía podemos sentir algo que nos sacuda el pecho.

No sé qué nombre ponerle.

Y quizá no haga falta.

Porque algunas historias no llegan para quedarse con una etiqueta. Llegan para robarnos un poco la cámara, para cambiar el encuadre, para mostrarnos una versión de nosotros mismos que habíamos olvidado.

Yo puedo ser distracción.

Puedo ser deseo.Puedo ser esa fiebre que aparece cuando una persona se mete demasiado profundo en los pensamientos de otra. Pero también quiero ser guía.

Quiero que, pase lo que pase, exista entre nosotros ese pequeño territorio donde la amistad permanece intacta, donde podamos reconocernos aun cuando nadie nos vea.

Y si alguna vez el mundo se queda en silencio, si nadie mira, si las circunstancias nos permiten acercarnos sin miedo, quizás baste con un gesto pequeño:

un roce, un abrazo, un apretón de manos,

los meñiques entrelazados.

Como una promesa sencilla.

Como diciendo:

te deseo, te pienso, me provocás… pero también quiero cuidarte.

Porque quizá ahí esté la verdadera belleza de esta historia: en descubrir que el deseo puede tener ternura,que la pasión puede saber esperar,

y que a veces una persona puede entrar en nuestra vida como una llamarada y terminar quedándose,mucho más discretamente, como una luz.

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