Es sábado, las diez y media de la mañana.
Ella se ha duchado para ir a ver una habitación en un piso de alquiler. Es lo único que le hace ilusión ahora: su nueva vida de cero, aparte de esta gris que está viviendo. Escucha su música preferida, una cantautora para chicas que se sienten dañadas por alguien. Lo curioso es que la escuchaba antes de que nos conociéramos.
Yo estoy en el salón, en mi pequeño escritorio, mi lugar de trabajo, uno de mis sitios preferidos. Aunque el salón me encanta en su totalidad.
Tiene un gran ventanal con una pequeña mesa redonda donde antes desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos. Ahora apenas aguanta una conversación.
Voy a echar mucho de menos esta casa.
El sillón donde ella se quedaba dormida. La cocina escueta donde tantas comidas, con especias de todas partes del mundo, hemos hecho el uno para el otro.
La mesa blanca y horrorosa del salón, donde ella ha dejado caer su bolso para meter sus últimas cosas antes de marcharse, y donde tantas discusiones fueron a parar.
«¡No quiero esta mesa aquí! ¡Hemos puesto la mesa que tú quieres! ¡Siempre se hace lo que tú quieres! ¡Tú marcas los tiempos!»
Cuando yo solo quería una mesa donde dejar caer nuestras cosas…
Mientras encontrábamos la perfecta, la bonita, la que le gustara a ella.
Se marcha de casa. Me quedo solo.
Quizás llevo un tiempo así y no me había dado cuenta.
Siento nuestra casa como alguien que me mira, que me siente…
Hoy el día está gris. La lluvia amenaza con caer sobre los cristales. Se siente una lluvia helada, como si fuese a dejar las gotas marcadas para siempre.
Siento aún el sonido de la cerradura que ha echado antes de irse.
Como si esta casa fuese un cajón que nunca más volverá a abrirse.
Con sus muebles, con sus especias, con sus colores, con sus giros, conmigo.
OPINIONES Y COMENTARIOS