
La vieja cabaña del bosque permanece iluminada, testigo en las horas nocturnas, de una huida hacia adelante sin retorno posible, allá donde el alma perturbada del padre de las pequeñas pueda hallar por fin la paz que tanto desea. Peter Godden ya no puede esperar más. Debe hacerlo ahora. Por la memoria de su esposa, Elizabeth, fallecida en extrañas circunstancias hacía un par de años. No. Aquello no había sido vida desde entonces. No es que el señor Godden no quisiera a sus hijas, no. Era mucho más complicado que eso. En realidad, no podía soportar por más tiempo su maligna presencia en la casa. Por esa razón, se marchaba de ella esa misma noche. No importaba adónde. Lo único que deseaba era terminar con aquella situación insostenible. Pues, para él, aquellas niñas ya no podían considerarse seres de su propia sangre, miembros de una familia que ellas mismas habían destruido. Porque… para Peter Godden, sus hijas eran las verdaderas culpables de la muerte de su esposa. Y, antes de que él mismo fuera el próximo, debía preservar su vida escapando de lo que consideraba, totalmente convencido, un infierno.
Cuando por fin terminó lo más rápidamente posible de cargar con todas sus cosas, procurando no ser visto por ellas, por sus hijas, y sin hacer ruido, subió enérgicamente y de manera decidida al carromato que lo iba a llevar a un destino en el que se sintiera a salvo. Ni siquiera quiso dar un último vistazo a la cabaña que había sido su hogar, el de su esposa y también… el de sus hijas, y de su padre, y del padre de su padre. Arreció a los caballos y, como alma que lleva el diablo, se alejó de allí para siempre, pensando quizás que las pequeñas dormían. En realidad, ambas habían presenciado la huida de su progenitor asomadas a la ventana de su habitación. Pero nada habían hecho por intentar detenerlo. Solo observaban cómo la vieja carreta se alejaba de ellas irremediablemente. Con el corazón tan frío y gélido como el invierno que invadía aquellos parajes del norte de Inglaterra.
Desde entonces, aquel bosque sería bautizado y conocido por todos como el bosque de Godden, en honor al apellido de aquella familia, o lo que quedaba de ella, considerada “maldita” por los habitantes de los pueblos más cercanos a aquel lugar. Y aquellos seres de inocencia abandonada serían llamadas despectivamente las Goddens, o, simplemente, las brujas.
Mary Godden, la más pequeña, de tan solo siete años, se sentía la verdadera protectora de su hermana Deborah, de once. Sobre todo, bajo la trágica situación que envolvía su enfermizo cuerpo. “Siéntate, no te quedes de pie mucho rato, descansa”, le solía decir Mary. Pero Deborah nunca le hacía caso, pues se afanaba en hacer las tareas de una casa cada vez más derruida desde la ausencia de sus padres e intentaba hacer de madre tanto como podía, a pesar de su delicado estado de salud.
Un día que apenas podía caminar le confesó a su hermana pequeña, mientras estaban sentadas en el porche de la casa:
—Pronto me reuniré con mamá.
Mary dirigió instintivamente su mirada hacia la tumba de su madre, Elizabeth Godden, que se hallaba a unos metros de la cabaña. Luego observó a Deborah y simplemente le contestó:
—Lo sé. Hace tiempo que lo he sabido.
Deborah tampoco se inmutó demasiado ante tal respuesta. Y se limitó a decir:
—Prométeme que me enterrarás junto a ella. Junto a mamá. Solo tienes que colocar mi cuerpo encima de la carretilla de papá y llevarme hasta allí. Y ya sabes cómo cavar. Padre nos enseñó, ¿lo recuerdas?
Pero Mary no dijo nada más. Solo apoyó cariñosamente su cabecita encima del pecho de su hermana, de la persona que hacía de madre para ella en aquella época. Ambas permanecieron en silencio largo tiempo aquella fría mañana de febrero de 1870.
***
Diez años pasaron desde la huida de Peter Godden, dejando a sus hijas solas y abandonadas en aquella ruinosa cabaña. El caluroso verano de 1880 no fue feliz para los habitantes de las poblaciones cercanas al bosque, debido a las malas cosechas de otro desapacible invierno, como tantos otros en la historia de aquellas tierras del norte de Inglaterra.
Mary Godden era uno de aquellos desgraciados seres que sufrían los rigores y consecuencias del clima, pues en las estaciones gélidas se congelaba de frío y muchos días al año también tenía que soportar aquella lluvia pertinaz y demasiado frecuente de aquel país húmedo y mojado. Subsistía gracias a lo que sus padres le habían enseñado a cultivar desde que tenía uso de razón en el pequeño huerto junto a la cabaña. Y también, por la pertinente ayuda de algunos vecinos de aquellos parajes que, desafiando el miedo y el odio que aquella niña —ahora toda una mujercita de 17 años— despertaba entre las gentes de bien, le daban en forma de alimentos básicos, pero tremendamente útiles para su supervivencia, como trozos de pan, leche, pedazos de fruta, y algunos restos de comida sobrante de sus propios platos, que no andaban demasiado llenos tampoco, pues, como ella, aquellas buenas personas eran víctimas de la dura climatología y los elevados precios de los alimentos.
—¡Oh, Deborah, vamos a tener visita pronto! —dijo Mary en voz alta esperando que la oyera su hermana.
Tras unos segundos en los que quedó pensativa, volvió a hablar, con un tono de voz más esperanzador que el habitual del día a día, aquel que arrojaba una situación vital extremadamente difícil y donde no solían ser visitadas por nadie, excepto aquellos que se atrevían a acercarse hasta la casa para insultarlas, llamándolas brujas y demonios, o incluso, trataban de arrojar sobre las paredes de la vivienda piedras y otros objetos dañinos con la evidente intención de molestarlas, quedando claro que no eran aceptadas en aquellas tierras. Sin embargo, esta vez la voz de Mary denotaba que el probable viajero que iba a llegar hasta su hogar albergaba buenas intenciones.
—Hermana, deberías ponerte el vestido de los domingos. Es necesario que correspondamos a tal huésped con la hospitalidad que se merece —afirmó la joven con semblante risueño.
Pero una pertinaz tos devolvió a la muchacha a la dura realidad. Y su sonrisa se apagó.
***
El que fue llamado bosque de Godden por los lugareños era ciertamente un paraje muy antiguo, visitado desde tiempos ancestrales por remotas civilizaciones y de aspecto casi mágico, donde reinaba la humedad y las brumas frecuentes conformaban una atmósfera inquietante y a veces hasta siniestra. Solía estar cubierto de musgo y helechos y flores silvestres, con zonas arboladas en las que se mezclaban pinos, robles o hayas, que se alternaban con paisajes de desolados páramos.
La cabaña de las hermanas Godden estaba situada en la zona del bosque cercana a las diferentes áreas habitadas, como el pueblo de Pastk, el más próximo a la casa. Hasta allí se dirigía un caballero, médico de profesión, que había sido llamado, en parte gracias a su afamada reputación, a pesar de su juventud, desde la ciudad vecina para asistir a un anciano de ochenta años que se había sentido indispuesto y había enfermado gravemente al cabo de los días. Pronto advertiría el clima de tensión por las creencias en los poderes maléficos de las brujas de Godden, pues las habladurías que corrían por el pueblo daban a entender que aquellas jóvenes habían provocado la grave dolencia de aquel octogenario.
En cuanto el joven médico, de nombre Ethan Parker, fue conocedor de la historia de la familia Godden, su mente sufrió una extraña conexión con las misteriosas hermanas, consideradas brujas por muchos, pero que, a él, como representante de un mundo meramente científico y racional, le parecían unas pobres muchachas víctimas de la superchería y de leyendas absurdas e inverosímiles. Desde ese momento su espíritu se sintió atraído por ellas, sobre todo por la más pequeña de todas, la única que se había dejado ver en los últimos tiempos, Mary Godden. Sin embargo, no tardaron mucho en desaconsejarle su contacto con el mal y la brujería que habitaba en aquella cabaña.
—No debe pensar que aquellos demonios merecen ser asistidas por personas como usted, señor Parker. Realmente desconocemos cuáles suelen ser sus verdaderas intenciones cuando alguno de nosotros se halla en su presencia. Son auténticos espíritus malignos que consiguen hechizar y embelesar a sus víctimas con su capacidad de persuasión. Yo, de usted, no me acercaría a ellas por nada del mundo, si no quiere caer en sus maléficas garras y experimentar su oscuro poder.
—Lo tendré en cuenta, señores —repuso Ethan sin hacer más comentarios.
Pero aquellos lugareños no dejaban de hablar y hablar de lo que ya se había convertido en una leyenda muy conocida por aquellas tierras norteñas. Había quien mostraba sus dudas acerca de aquella maligna historia. La mujer del anciano enfermo quiso dar su particular versión del asunto. No era, sin embargo, la única que opinaba así. Otras voces en Pastk también lo corroboraban.
—No sé qué opinarán ustedes, damas y caballeros, pero lo cierto es que los hay que piensan que el padre que abandonó a sus hijas, por entonces tan solo unas niñas, estaba totalmente desquiciado. Que incluso estaba… ya saben… mal de la cabeza. Y que se imaginaba… cosas, de las pequeñas. Parece ser que las creía unos monstruos, unos puros diablos. ¡Pobres jovencitas!
—Ah, ¿sí? ¿Entonces cómo explicas la muerte de su madre? Fue un suceso verdaderamente extraño, sobre todo… la forma en la que murió… todo muy pero que muy extraño. Además, parece ser que son criaturas que chupan la sangre, pues en más de una ocasión la hija mayor tenía la boca ensangrentada —la contradijo otro de los allí presentes, concretamente el nieto, un avispado muchacho, aficionado al ocultismo, que gustaba de visitar cementerios de noche con sus amigos.
—No digáis más estupideces. La madre simplemente enfermó y terminó falleciendo a causa de sus dolencias. Ni más ni menos —repuso con vehemencia la anciana mujer del octogenario enfermo.
—Bueno, debo irme ya. El tratamiento debería funcionar. En un par de días estará mucho mejor. De no ser así, no duden en volver a llamarme —se apresuró a decir totalmente escandalizado el joven médico.
Ethan Parker se marchó sin hacer caso de las supercherías que creía que hablaban unos y otros en aquel pueblo y alrededores. Pero en lugar de volver de nuevo a la ciudad, una vez acabados sus servicios, lo primero que decidió hacer el joven médico, sumido en una curiosidad y un poder de atracción incontenible, fue caminar hacia la casa de las Goddens, desoyendo por completo las advertencias sobre aquellas mujeres a las que consideraba sentenciadas en vida y condenadas por todos en un juicio mediático totalmente disparatado e ilógico. Y, sobre todo, creía saber el porqué de todos los sucesos ocurridos en aquella familia. Tenía una teoría al respecto. Y era totalmente científica.
Sin embargo, no sabía qué les podría decir a aquellas dos jóvenes dolientes como excusa por querer visitarlas un completo desconocido. Quizás les podría decir —pensaba— que se había perdido, o bien, que era un viajero que necesitaba guarecerse en algún lugar antes de que llegara la noche. Verdaderamente, eran excusas vanas, pero la fuerte fascinación que despertaba en él toda aquella historia de la familia Godden, le superaba por completo y lo único que inexplicablemente deseaba era conocer a las que casi todos consideraban brujas de aquel bosque.
Eran ya cerca de las seis de la tarde y no faltaba demasiado para anochecer. Sus pasos le llevaban hacia delante sin apenas detenerse o pensar en lo que hacía, movido por una inercia que doblegaba su voluntad. Lo único que deseaba era llegar hasta la cabaña de las Goddens. Aquel atardecer estaba impregnado de una atmósfera brumosa. La niebla lo cubría todo de un manto blanquecino que dificultaba la visión y parecía invadir el aire de extrañas formas e inquietantes figuras que dotaban al bosque de un encanto bellamente siniestro. Los árboles, con sus largas ramas, semejaban criaturas vivas dispuestas a entrar en movimiento en cualquier instante. Chirriantes sonidos de pequeños animales se extendían por los alrededores, amenazantes por el efecto amplificador que el eco producía.
Aquel ambiente casi encantado hizo que por unos momentos reinara la confusión en el corazón de Ethan Parker, que, insólitamente sintió auténtico miedo y una perturbadora inquietud que le calaba el alma. Pero nada podía impedir su decidida marcha hacia su ansiado destino. Por lo que, a pesar de aquellas dudas, continuó caminando sin detenerse.
Mary Godden sintió entonces la poderosa determinación de aquella alma que la buscaba sin cesar. Y le habló así a su hermana:
—Deborah, el viajero ya está llegando. Dime, querida, ¿cuál es la razón por la que no quieres conocerlo? Lo sé. Siempre fuiste una chica demasiado tímida y solitaria. Pero… no deseo importunarte. Quédate aquí, dentro de la casa. Yo misma iré a recibirlo al bosque. No debe estar muy lejos.
La muchacha logró pronunciar aquellas palabras antes de ponerse a toser con fuerza. Hacía unos cuantos meses que se sentía tan agotada que apenas podía realizar las tareas cotidianas. La rutina del día a día se había vuelto extremadamente difícil de sobrellevar. Y por si todo esto no fuera suficiente, una profunda sensación de tristeza interior y abatimiento mental la incitaban sin remedio a unos episodios cada vez más frecuentes de melancolía y desesperanza. Era como si ya no estuviera aferrada a la vida, como si la existencia se le escapase por momentos, alejándose de ella con una fuerza contra la que no podía luchar. A pesar de ello, se dirigía al encuentro de aquel extraño con una fe renovada y unas energías que no sabía explicar de dónde habían surgido. Quizás era la ilusión de una experiencia nueva que estaba a punto de acaecer.
El doctor Parker creyó ver por fin la ansiada cabaña a lo lejos. Se percibía tan pequeña en la lejanía que tardaría todavía unos minutos en llegar hasta ella. Aquella magnífica visión de su valioso tesoro le insufló unas renovadas energías y una determinación todavía más imparable. Entonces fue consciente de la creciente presencia de una silueta, al principio difusa, en parte por la distancia, en parte debido a la espesa niebla, pero que iba definiéndose a medida que se acercaba a ella. Pronto advirtió que se trataba de una figura humana, quizás una mujer, esperando de pie junto a un árbol de aquel bosque impactante. ¿Sería posible que estuviese esperándole a él? ¿Podría incluso ser la misma Mary Godden?, pensó el joven médico. Pero en seguida alejó aquel pensamiento al considerarlo extraño e irracional. Pues ¿cómo podría aquella persona saber que él mismo la buscaba?
Sin embargo, no tardaría mucho en darse cuenta de que sus sospechas eran reales. Pues al estar a solo unos pocos metros de aquella misteriosa joven, esta le habló así:
—¿Me estaba buscando, señor?
Un perplejo Ethan Parker miraba a la muchacha sin saber qué contestar.
—¿Tú eres… Mary Godden? —acertó a preguntar por fin el joven médico.
—Así es, señor —dijo con auténtico candor e inocencia la muchacha.
Luego, tras unos instantes de cortante silencio, Mary habló así:
—Señor… le invitaría gustosa a mi casa —dijo señalando con el dedo índice la cabaña que se encontraba a tan solo unos cuantos metros de allí— pero mi hermana tiene miedo de los extraños —aunque usted, en realidad, no lo sea— pero… a veces la gente no es muy amable con nosotras… entiéndalo…
—Sí, lo comprendo… perfectamente.
Ethan Parker observó sus bonitos y misteriosos ojos verdes, la suavidad de sus rubios cabellos y su pálida piel, tan delicada, y estudió la posible psicología de su carácter. Y no le pareció para nada que aquella sensible joven fuera una maligna bruja. En cambio, creyó observar una vida repleta de carencias, una ausencia tanto de amor y cariño, como de sociabilidad y estabilidad económicas. Aquellos seres indefensos, las llamadas hermanas Goddens, no eran para él simples brujas culpables de hechizar y hacer el mal en los contornos de aquel bosque. Solo eran unas pobres víctimas de oscuros odios y de profundos desprecios basados en creencias completamente irracionales.
La muchacha quiso entonces hablar, pero un ataque de tos la hizo enmudecer.
—¿Señorita Godden, se encuentra bien? —quiso saber Ethan Parker.
Cuando por fin finalizó el ataque de tos, la joven le dijo:
—Puedes llamarme Mary… si no te importa.
—En absoluto. Me llamo Ethan Parker —llámame solo Ethan—. Y… soy médico. Creo que puedo ayudarte, y también a tu hermana. Dime, Mary… ¿desde cuándo toses así? ¿Lo recuerdas? ¿Y sabes si… escupes sangre por la boca?
—Hace mucho de ello… Ethan. Mucho.
Entonces el médico observó lágrimas en los ojos de la muchacha. Y temor, un miedo no percibido por él hasta ahora.
—No se acerque a mí… señor. Soy una Godden. Soy… bruja. Llevo dentro de mí sangre impura que expulso hacia el exterior… Yo… causo mucho malestar en la gente.
—¡Basta, Mary! ¡No hables así de ti misma, o de tu hermana! ¡No eres culpable de nada! La gente no entiende ciertas… cosas. Simplemente estás enferma —y probablemente también lo esté tu hermana—, quizás contagiadas por vuestra propia madre, quien murió por esa causa… Yo, como médico, puedo ayudaros. Vuestra enfermedad se llama tuberculosis. Y tiene tratamiento. Deja que te asista… Mary. Deja que…
—¡Apártese de este demonio, señor Parker!
Era la voz del nieto del anciano enfermo que había sido tratado por el joven médico. Y llevaba en sus manos una escopeta de caza que apuntaba a la cabeza de una asustada Mary Godden, que, paralizada por el miedo, no dejaba de mirar al muchacho con ojos desorbitados.
—¡Huye, Mary! ¡Corre a la cabaña! —gritó Ethan desesperadamente, al tiempo que se interponía entre la muchacha y su agresor.
La joven emprendió una huida desesperada, llena de auténtico terror y espanto, sin apenas mirar atrás, escapando de una muerte a la que no deseaba verle la cara, a pesar de que se había asomado ya algunas veces desde el agravamiento de su enfermedad.
Mientras, el joven que les había amenazado se abalanzó sobre Ethan tratando de apartarlo de la visión de su presa, la joven a la que consideraba una maléfica bruja, con la intención de dispararla con su arma. Pero ella había ya alcanzado la cabaña y había penetrado apresuradamente en su interior. Una vez dentro de la casa, pudo por fin sentirse a salvo, aunque su respiración era muy dificultosa, incluso jadeaba intentando inhalar el aire que le permitiese conectarse de nuevo a la vida, a una existencia que notaba que se le escapaba por momentos.
Ethan Parker pudo observar cómo una retahíla de curiosos procedentes de Pastk, el pueblo próximo a la casa de las brujas, se había aproximado hasta el escenario de los hechos para presenciar lo que todos consideraban la caza de las hermanas Goddens, las brujas que, con sus poderes maléficos, amenazaban la paz y la seguridad de las tierras y pueblos cercanos al bosque.
—¡Por el amor de Dios! ¿Es que no lo ven? Solo es una pobre muchacha asustada. ¡Déjenla en paz! ¡Dejen vivir a las hermanas Godden! Su única culpa es estar gravemente enfermas. ¿Acaso no han oído o visto algún caso de lo que se conoce como tisis? ¿Es que no han conocido a nadie que padezca esa enfermedad? —preguntaba Ethan con total indignación.
—Ellas… y otras brujas como ellas en el pasado, son las causantes de la enfermedad que usted describe tan inocentemente —repuso uno de los presentes totalmente convencido de lo que decía.
Ethan Parker apenas podía disimular su rabia e impotencia ante lo que escuchaba decir a una gente presa de la más pura ignorancia. Y no pudo evitar que todos se dirigieran hacia la cabaña en busca de las hermanas Godden para acabar lo que habían empezado.
—¡No! ¡Están todos… locos! ¡No saben lo que están haciendo! —protestaba inútilmente el joven médico.
Pero era demasiado tarde. Aquella turba humana ya estaba llegando a la entrada de la casa y se disponía a pasar dentro de ella con oscuras intenciones. Ethan se propuso seguirlos hasta allí. Y lo que verdaderamente le extrañó cuando llegó a la puerta fue observar a toda aquella gente sin moverse, como paralizada ante lo que sus asombrados ojos contemplaban. Ethan Parker logró pasar por entre la multitud a empujones y se situó por fin delante de los presentes. Aquello que vio allí dentro, a unos metros de la entrada, le hizo llorar. Nunca antes se había sentido así. Porque jamás había presenciado algo semejante. La estancia que servía como sala de estar y comedor estaba repleta de velas encendidas, que formaban un siniestro círculo alrededor del sillón en el que Mary Godden, aparentemente sin vida, abrazaba el cadáver de su hermana Deborah, convertido en un macabro esqueleto momificado por el paso de los años. La muerte había reunido al fin a las dos hermanas, que ahora permanecían juntas, con sus cuerpos entrelazados y unidos para siempre, lejos ya de todos aquellos que no las aceptaban y que un día decidieron bautizarlas como las brujas del Bosque de Godden.
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