La Luna me enLORQuece

La Luna me enLORQuece

Luna García

11/08/2026

Mis padres me llamaron Luna en homenaje a Lorca. Desde que era niña, cuando apenas deletreaba sus versos, supe que aquel astro no era para mí —como tampoco lo fue para Federico— un simple satélite de roca estéril, sino una criatura viva que respira con pulmones de azahar y nácar.

Bajo el influjo de su poesía, presentía a la Luna caminando descalza por el firmamento, portando un andar de doble filo. Es en el eco ardiente de la fragua, donde se vuelve gitana con enaguas de almidón y nísperos. Una bailarina de nardos dispuesta a hechizar los ojos limpios de los niños para robárselos al alba.

Comprendí muy pronto, asimismo, que la noche ignora la quietud de los minerales. Lejos de la calma, la penumbra comprende el latido secreto de las cosas que matan. Y es que esa misma mano blanca que acaricia el aire es la que, al caer la sombra, se afila en el silencio. Se transmuta entonces en el metal frío de un puñal oculto entre la jara, aguardando el galope de los caballos y el grito sordo de los amantes en el callejón de las bodas de sangre.

Por eso, mirar su rostro de frente es clavar los ojos en un abismo donde la belleza y la muerte parpadean al mismo tiempo.

No hay canto al amor que no lleve dentro el presagio de la herida, ni hay claridad blanca que no termine desvelando la veta roja del destino sobre el polvo.

Por eso la Luna me enLORQuece

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