La receta estaba en un libro. En un libro antiguo. Uno de los muchos libros que mi abuelo había heredado de su familia de Salónica. Se decía que en esos libros se recogía todos los saberes de la antigua Babilonia. Quizá por eso, los ingredientes eran raros y difíciles de encontrar, pero los fui consiguiendo uno a uno.

La fiesta no se debería haber celebrado. Era el cumpleaños de mi marido, no el mío. Si a última hora tuvo que ir a Singapur, por cuestiones de trabajo, pues se cancela la celebración y ya está. Pero no, tuve que aguantarme, arreglar la casa, preparar la comida, recibir a mis suegros y a mis cuñados y poner buena cara. Esto último fue lo que más me costó.

Y ahora esto. Pero, ¡qué diablos había pasado! ¿Era una pesadilla? No, los chillidos eran reales.

No es mi culpa. Eso me tenía que quedar muy claro. Ni la fiesta, ni la invitación a la familia política, ni que mi marido cumpliera años ese día, ni la receta antigua. Nada es culpa mía. Yo no tenía ni idea. ¿Cómo iba a sospechar que la receta que estaba en el libro, era un encantamiento para convertir a la gente en ranas?

Yo solo quise agradar, complacer, ser amable. Y, sobre todo, sorprender. Hacer una comida única. Irrepetible. Que estuvieran años y años recordando su delicioso sabor. Y sí. La comida fue un éxito. Les gustó tanto que se lo zamparon todo. No hubo tiempo para diálogos forzados, ni falsas risas. Comieron y comieron sin parar.

Yo ni la probé. Las cocineras se empachan solo de ver tanta comida. Además, los nervios me habían puesto un nudo en el estómago difícil de digerir. Nunca se sabe por donde le vine la suerte a una. Y para ser sincera, tampoco se sabe nunca de donde le vienen las desgracias a los demás.

Intento pensar con calma. Lo mejor es buscar en el libro como deshacer el encantamiento. No sé, a lo mejor hay palabras para deshacer el hechizo y que recobren su cuerpo. Seguro que en alguna parte vendrán. ¿Pero como buscarlo? Me da miedo. De momento son solo ranas, ¿Cómo saber que el hechizo, cualquier hechizo que encontrara, no es un conjuro para convertir a las personas en rinocerontes? Ante tal posibilidad, mi cobardía crece hasta límites insospechados. No. No lo haré. El camino hacia el contrahechizo es peligroso. Sobre todo, para mí.

En el comedor es imposible entrar. Las cuatro ranas saltan de un lado para otro y no dejaban de chillar y meter ruido. Estresándome sin motivo alguno. Las miro y veo en ellas el mismo rictus entre el desprecio y el enfado, que tenían hacía mí, cuando eran personas. O mejor dicho cuando tenían un cuerpo humano. Porque lo de personas, creo que siempre les ha venido grande. Y, además, siguen con los mismos ojos inquisidores. Puedo leer en sus horribles caras: “No sirves para nada” ” Eres un desastre” y todas las cosas que pensaron y que no me dijeron nunca. ¡Qué mala suerte he tenido con mi familia política! Incluso en ese estado de batracios siento que me miran por encima del hombro.

Llamaré al SEPRONA. O a un centro de bienestar animal. Allí recogen a cualquier bicho por repugnante que sea. Ya inventaré cualquier excusa para justificar que tenga ranas en el salón. No. Nada de complicarme la vida. Tengo una idea mejor. En el restaurante francés de la calle Santa Rita sirven, diariamente, ancas de rana. Les llamo y se las ofrezco gratis. Hecho. Ningún problema. Se las han llevado sin hacer preguntas. ¡Eso son profesionales!

Lo más importante es que mi marido no se enteré jamás de lo que ha pasado. Juraré y perjuraré que mis suegros, mi cuñado y mi cuñada han salido de casa. ¿Y quién podía decir lo contrario? Eso es una verdad incontestable. Lo único que tengo que hacer es no entrar nunca en detalles.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS