Yo lo hubiera hecho mejor.

Yo lo hubiera hecho mejor.

A. M. García

10/08/2026

¿Alguna vez te ha mirado algo con tanta fijeza como ese número nueve resplandeciente? Supongo que pocas veces hemos reparado en quién nos observa con tanto escrutinio. Ahora, para mí, con tanta condena.

Estoy esperando en el área de café a que inicie mi función en la sala 9. No me quedó otra que comprar el boleto con una hora de anticipación, así que me senté justo enfrente, ansioso, con un frappé en la mano.Todo para ver una película gore que seguramente resultará torpe y de mi desagrado. 

La otra vez vi en un video cómo un padre abofeteaba a su hijo en un estadio, una acción que la mayoría celebró como una lección. Y es que el chico había lanzado un vaso a la afición rival. Coincidí con mi esposa en que era humillante y que no debía ocurrir. Sin embargo, cualquier futbolero entendería el peligro de provocar así en casa ajena. Le expliqué a mi esposa la brutalidad de las barras bravas, y que, a mi parecer, el padre quería reprenderlo él mismo para evitar que la muchedumbre los atacara. ¿Es posible entender su reacción? 

En la comodidad del señalamiento tenemos tiempo para construir la explicación que mejor nos parezca, pero en esos momentos de reacción se actúa por impulso. Y no hay exámenes para medir la calidad de nuestros impulsos.

Esta vez, había sido mi mano la que golpeó la cabeza de mi hijo. Pero mi justificación no se valía del peligro de que una muchedumbre lo atacara, sino de que no me había respondido después de un fuerte regaño. 

¿En qué momento un acto se vuelve irreversible? Hubiera es una palabra que seduce, que sacia. Nos libera de lo que fuimos y nos encierra en estupideces que debemos creernos para no morir.

Si tan solo hubiera dejado prendido el aire acondicionado. Busco y encuentro el momento preciso en que se desencadena la propia muerte, y todo por algo que bien podía haber dejado pasar. 

Si tan solo hubiera quedado en secreto, ese mensaje, esa llamada. El autoengaño prospera mientras nuestro reflejo nos parezca animal y feo. 

Cuántas veces se ha dicho y cuántas se dirá, si hubiera, si hubiera. En esta cárcel de mis propias justificaciones nadie parece entenderme.

Nuestra propia brutalidad sobrevive en los ojos de nuestros hijos. 

El brillante número blanco que se posa sobre la puerta de mi sala de cine se ha apagado, la función ha terminado y en mi mesa sobran sillas. Ni siquiera me enteré y ahora el alegre joven de servicio me pide que me vaya.

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