Siempre he creído que la filosofía, esa maestra que nos lleva por el camino de la sabiduría, es como una novela que utiliza el arma más poderosa que tenemos los seres humanos, el pensamiento. Caminar por su historia es como abrazar la vida desde la reflexión y el raciocinio. Pero a veces hay que detenerse en sus misterios, pues es muy vasto su campo. Sin la sabiduría, sin las ciencias e incluso sin la literatura, el arte todo, no seríamos lo que somos.
Pero voy a hacer una parada en el camino; me detengo ante un pensamiento muy concreto. Ante un filósofo, cuya frase célebre siempre me ha intrigado: “Cogito, ergo sum.” No la puedo reducir a una afirmación triunfal. Descartes no buscaba una frase memorable: examinaba una convicción.
Descartes llegó a sospechar de los sentidos. De la memoria. Sospechó incluso de las matemáticas, que podrían no ser inmunes al error. Y para llevar la duda al límite, imaginó un genio maligno que nos engaña en todo. En ese escenario, el mundo podría ser una ilusión. Pero había algo que ni siquiera ese genio podía borrar: la duda. Si dudo, pienso. Si pienso, hay un yo que piensa. Y si hay un yo que piensa, existo.
Descartes no pudo demostrar que pensar sea la única manera de existir; pues una piedra existe sin pensar, y un árbol existe sin que sepamos si piensa. Lo que hizo fue separar el yo interno del mundo externo: si estoy pensando, no puedo negar que existo. El dualismo cartesiano.
Pero en la actualidad nos llega otra duda: ¿Qué es exactamente ese “yo” que piensa? Descartes nos dejó un interrogante: ¿Qué tipo de entidad puede reclamar el pronombre yo?
Cuatro siglos después, no hay una respuesta definitiva. La neurociencia estudia impulsos eléctricos, la filosofía conceptos, la inteligencia artificial simula razonamientos. Pero el yo sigue siendo un misterio que se resiste a ser resuelto.
Quizá el yo sea una ficción del pensamiento. O la única certeza que sobrevive cuando todo lo demás se derrumba.
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