Cuando me vaya seré humo.

Durante unas horas persistirá en la memoria ajena

la incandescencia del carbón que alguna vez fui;

y a la distancia, quienes apenas me conocen

verán la humareda elevarse y se preguntarán

¿qué tragedia íntima se extinguió en silencio?

Pero, como todo vapor condenado a disiparse,

mi presencia se irá diluyendo

hasta convertirse en un vestigio cada vez más tenue.

¿Y qué hacer con esta existencia

que jamás conoció un amor diáfano,

que nunca se dejó arrastrar por el viento

como un lienzo dócil,

que contempló la vida en claroscuros

en vez de en un exuberante Technicolor?

Una vida que toleró mordidas, desgastes, renuncias,

y que recibió las palabras más lacerantes

de las bocas que más amaba.

Qué reflexión tan áspera y tan imprescindible.

Aun si mi ocaso se aproxima, decido ser gaviota

que surca las costas sin pedir indulgencia.

Aspiro a una bocanada de amor genuino

que me devuelva el aliento.

Deseo alimentarme de paisajes que me arrebaten la respiración,

silenciar las voces que me exigen compararme,

abolir la tiranía de medir mis días en cifras,

y sentarme junto a ancianos desconocidos

para beberme sus relatos.

Quiero prodigar palabras de consuelo

a quien transite con el espíritu fatigado,

y obsequiar mis versos humildes pero sinceros

a quien los reciba sin juicio.

Y cuando el final me alcance,

poder afirmar que viví con absoluta entraña,

habitándome sin máscaras,

vistiendo siempre mi propia piel.

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