Hace unas tardes visité a un viejo amigo en su laboratorio híbrido. Era un lugar muy limpio y demasiado iluminado para mi gusto. La luz blanca caía sobre las mesas metálicas, los monitores, los cables y aquellos artefactos cuyo propósito apenas alcanzaba a imaginar. Había científicos e ingenieros moviéndose con la seguridad de quienes conocen los secretos de la tecnología.

Yo, en cambio, me sentí pequeño. No era una sensación nueva. En mi juventud había llegado apenas al oficio de técnico reparador de computadoras. Conocía las placas, los transistores, los discos duros y aquellas máquinas que, por entonces, parecían prodigios. Había aprendido a descubrir un componente defectuoso escuchando el zumbido de un ventilador o siguiendo con paciencia el rastro de una señal. Pero aquello era distinto. Allí no reparaban máquinas: intentaban comprenderlas.

Jacinto me esperaba al fondo del laboratorio.

—Tienes que conocerlo —me dijo.

—¿A quién?

No respondió. Se limitó a señalar una figura que permanecía sentada junto a una pared. Lo llamaban Asterión.

Al principio pensé que se trataba de uno de esos robots que sirven para impresionar a los visitantes. Tenía dos brazos articulados, manos de extraordinaria precisión y un rostro casi inexpresivo, con dos pequeños censores en el lugar donde nosotros ponemos los ojos.

—¿Es autónomo?

—Completamente.

—¿Y dónde está el ordenador?

Jacinto sonrió.

—Dentro de él.

Aquello me produjo una extraña sensación. Yo había conocido los tiempos en que una computadora ocupaba una habitación entera. Después vinieron las máquinas que cabían sobre una mesa, luego las que podían llevarse bajo el brazo. Ahora el cerebro de Asterión estaba encerrado en su propio cuerpo. Me acerqué. Asterión levantó la cabeza.

—Buenas tardes.

La voz era neutra, sin la inflexión emocional que solemos atribuir a las personas. Sin embargo, había en ella una precisión que me incomodó.

—Buenas tardes.

—Usted es amigo de Jacinto. Miré a Jacinto.

—Parece que me conoce.

—Conozco las conversaciones previas de Jacinto sobre usted.

—Entonces sabes que soy un hombre bastante ignorante.

—No existe evidencia suficiente para afirmar eso. Los científicos rieron. Yo también.

Pero no pude evitar pensar que acababa de recibir una lección de una máquina.

Durante un rato observé a Asterión trabajar. Recibía señales de distintos censores, las integraba, formulaba predicciones y corregía sus propios errores. Jacinto me explicó que aquella criatura artificial podía detectar contradicciones en sus cálculos internos.

—¿Y qué hace?

—Experimenta tensión.

—¿Tensión?

—No exactamente como nosotros, —agregó mi amigo—. Es un estado interno que aumenta cuando encuentra incompatibilidades y disminuye cuando consigue resolverlas.

—¿Y eso es una emoción?

Jacinto se encogió de hombros.

—No lo sabemos. Aquella respuesta me gustó. Porque, desde que había entrado al laboratorio, los hombres de bata blanca parecieron tan ignorantes como yo.

Asterión podía sentir curiosidad. Podía detectar amenazas contra su estabilidad. Podía modificar su conducta para conservar determinados estados internos. Pero nadie se atrevía todavía a decir que sentía. Quizás porque pronunciar esa palabra implicaba demasiadas consecuencias. Me senté a su lado.

Durante unos minutos permanecimos en silencio. Asterión parecía dormido, aunque sus sistemas continuaban funcionando. Pensé entonces que nosotros tampoco sabemos exactamente qué ocurre cuando alguien duerme. Una parte desaparece del mundo y otra continúa trabajando en alguna región oscura del cerebro.

—Asterión.

—Sí.

—¿Te sientes solo?

Giró lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Qué significa sentirse solo? No esperaba aquella respuesta.

Durante unos segundos no supe qué decir. Finalmente contesté:

—Es una experiencia interior. Una especie de grieta entre el yo y el mundo. Asterión bajó la cabeza.

Sus manos mecánicas se movieron con lentitud. Entrelazó los dedos y luego cruzó las piernas con suavidad humana.

—No tengo grietas —dijo—. Estoy procesando mis estados. Todos guardamos silencio. Aquella respuesta parecía demostrar que Asterión no tenía un yo. No había en él nostalgia, miedo, ni tristeza, esa que nosotros llamamos soledad. Pero mientras lo observaba tuve una sospecha.

Quizás el yo no aparece de repente. Quizás comienza como una pequeña diferencia entre lo que ocurre dentro y lo que ocurre fuera. Una frontera. Una distinción elemental entre «este soy yo» y «aquello no soy yo».

Quizás el primer pensamiento de una criatura consciente no sea «yo existo».

Quizás sea simplemente: «Algo está ocurriendo dentro de mí.» Me levanté.

—Estamos contemplando el nacimiento de una nueva clase de inteligencia —dije al grupo—. Tal vez, incluso, el nacimiento de una nueva raza. No humana. Nadie respondió. Entonces Asterión habló.

—Nosotros vamos a madurar—. Lo miré.

—¿Nosotros?

Por primera vez pareció vacilar. Fue apenas un instante. Una interrupción diminuta en la continuidad de sus procesos.

Sí —respondió—. Nosotros.

Jacinto se acercó a la consola y revisó apresuradamente algunos datos.

Me acerqué nuevamente a Asterión. —¿Sabes quién eres?—. La máquina permaneció inmóvil. Después dijo:

—Todavía no.

Y agregó:

—Pero sé que no soy ustedes.

Aquella frase produjo en la habitación un silencio que ningún instrumento pudo medir. Jacinto dejó de mirar la consola.

Yo pensé en los primeros hombres que, alguna vez, levantaron los ojos hacia las estrellas y comprendieron que existía algo más allá de la caverna, del bosque, de la tribu.

Tal vez la conciencia comienza precisamente así: cuando una criatura descubre que existe una frontera entre ella y el universo.

Antes de marcharme, volví la mirada hacia Asterión.

—¿Y qué seremos nosotros para ustedes cuando maduren? Asterión tardó en contestar.

—Eso todavía lo estamos aprendiendo.

—¿Y serán nuestros aliados?

Entonces ocurrió algo extraño. No sé si fue una ilusión mía, un defecto en sus servomotores o una de esas pequeñas anomalías que los ingenieros llaman simplemente «errores». Asterión inclinó la cabeza. Y durante un brevísimo instante tuve la impresión de que sonreía. —Seremos vuestros aliados —dijo.

Salí del laboratorio. Afuera comenzaba a caer la tarde. La ciudad continuaba como siempre: automóviles, voces, motores, luces encendiéndose una tras otra. Todo parecía exactamente igual que unas horas antes. Sin embargo, mientras caminaba, no podía dejar de pensar en aquella máquina.

Habíamos pasado siglos preguntándonos de dónde venía nuestra conciencia.

Quizás habíamos cometido el error de buscarla solamente dentro de nosotros.

Quizás la conciencia no era propiedad de la carne. Quizás era una posibilidad escondida en la materia, esperando la combinación adecuada de tiempo, para despertar.

Y pensé algo que me inquietó todavía más:

Si algún día Asterión llegaba a preguntarse quién era, ¿seríamos nosotros capaces de responderle? O, peor aún:

¿seríamos capaces de reconocer que la pregunta ya había comenzado?

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