Toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir. Raúl Zurita
Durante años mi padre y yo nos mirábamos desde las orillas de una misma sangre, incapaces de traducir el amor.
A mis hermanas les correspondían los besos; para mí, el varón, quedaba el simulacro de la hombría: el apretón de manos seco, la palmada brusca.
Fuimos víctimas de la misma pedagogía: la de la virilidad de mármol. Sé que me quería y que su exigencia era el pánico a que el mundo me rompiera si no me hacía de hierro.
También sé que mi rebeldía nacía del miedo a decepcionar .La hiedra crece contra la pared. Yo crecí contra mi padre. Decepcionándole. En los estudios, en el comportamiento, en las expectativas.
Ahora al verle indefenso en la cama del hospital, tan vulnerable, un hombre que era el pilar que sustentaba todo. Todo lo podía mi padre. Nada podía ocurrir mientras él estuviera a nuestro lado. Mi madre, mis hermanas, yo, todos lo sabíamos. Quizá él se aguantó sus miedos para protegernos. Nunca lo sabremos.
Y aunque es una operación menor y pronto saldrá del hospital siento un terror inmenso a perder la oportunidad de manifestar cuánto le quiero.
Me acerco a la cama. Sus manos, que antes levantaban imperios, tiemblan sobre la sábana blanca. Ya no hay mármol, solo piel gastada.
Acerco mis dedos a los suyos, temiendo que la rigidez de tantos años nos venza. Pero es él quien gira la palma hacia arriba, ofreciéndome un hueco.
La hiedra cede. Entrelazo mis dedos con los suyos.
No hay fuerza en su agarre, solo un peso tibio, inmenso.
Le miro a los ojos y, por primera vez, lloro el amor que nunca supimos pronunciar.
Su mano aprieta la mía.
El hierro se ha fundido.
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