Siempre pienso que no somos como las personas tropicales,
nos reímos poco, no por nada,
creemos que la risa no tiene la dignidad que acompaña un semblante serio,
respetuoso y siempre preocupado.
Nuestras ropas son más cirscunspectas y apagadas. Dicen que es porque le tememos a los colores, nos recuerdan a sus aves todas llenas de pinturas estridentes, pintarrajeadas dirían otros.
Las conversaciones en los grupos son más bien algarabías, nosotros en cambio somos más selectos al elegir al interlocutor, las discusiones ordenadas , y en los parlamentos no nos tuteamos, nos dirigimos al congresista como «señoría», ellos en cambio no sé, pero seguramente no. Eso sí, agradecidos hasta la muerte, lo sé, porque mi difunta abuela, que en paz descance y Dios la tenga en su Santa Gloria, vino muy pequña a Cuba a vivir y decía que estaría para siempre agradecidísima con esa tierra , que era la única que cuando hacías un favor, al que recibía la atención, se le llenaba la boca con un «Gracias», que no le cabía entre la comisura de los labios.
En su casa, en Buena Vista, un barrio pobre de La Habana, ya estarían acostándose las gallinas, nos sentaríamos en el portal un rato, a ver gente pasar y desearle las buenas noches. Mi abuela decía que esas palabras eran magia pura y que llenaban de dones al que las decía, sin interés de recompensa.
Bueno yo ya me acuesto, es muy tarde, me recuerdo todos los días que soy mitad y mitad, «demasiado madrileño para ser habanero y demasiado habanero para ser madrileño», como decía la poeta cubana María Elena Cruz Varela, ah! y buenas noches, que ya se me olvidaba.
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