Un talento especial

Un talento especial

Iris Plá

07/08/2026

Entre los cacharros anda la felicidad —había dicho Santa Teresa. Pero claro, ella vivía en un convento y F. tenía demasiadas cosas que hacer. Entre ellas: realizarse. 

No como mujer, por supuesto. ¿En qué consistía exactamente realizarse como mujer? ¿Ser madre, amante, empresaria, cocinera, modelo, ir al gimnasio, comer kale y tener la piel radiante? ¿Todo al mismo tiempo? ¿Y todo mientras el sistema te susurra al oído que todavía te falta un poquito? 

No, como mujer no, pensó F. mientras seguía fregando un cazo pegajoso. ¿Qué mujer —había dicho una escritora famosa— es capaz de sentir un orgasmo limpiando la cocina? Ella, desde luego, no. Y tampoco conocía a ninguna maniática de la limpieza que se lo hubiera confesado en secreto.

Ella quería realizarse como persona. No sería fácil, pero lo conseguiría. ¡Qué tiemble el universo, porque ella iba a por todas! Lo único que quería era crecer y dejar de dar tumbos. El plan era sencillo: descubriría un talento oculto, un don por manifestar que la hiciera especial, le diera dinero y, de paso, salvara el planeta. Debía empezar a exprimir los días, dejar de comerse la cabeza por el futuro y disfrutar del momento. 

Se apuntaría a un retiro de fin de semana titulado «Despierta la diosa que hay en ti». 

Aunque… —siguió pensando mientras colocaba los platos en el escurridor— realizarse no es barato.

Porque claro, iluminarse y encontrar la paz interior sale por un ojo de la cara. O te compras unos cuencos tibetanos de cuarzo de los caros, o no te convalidan el karma. Pagarle un sueldo a un gurú y dejarte medio sueldo en clases de yoga exclusivas y comida con etiqueta ecológica. Al final, parece que para «conectar con el universo» y atraer la abundancia lo único que de verdad necesitas es tener la tarjeta de crédito temblando.

De pronto, un pensamiento negativo se coló en su mente: hasta que descubriera su talento para hacer dinero fácilmente, ¿Cómo pagaría el alquiler?

Justo en ese instante, el casero la llamó por teléfono para reclamar el pago del mes. Mirando el cazo que acababa de fregar, que ahora brillaba tanto que reflejaba su rostro cansado, F. tuvo una revelación. Su talento no estaba en el Tíbet, sino en su fregadero.

Abrió una cuenta de TikTok, subió un vídeo limpiando sartenes quemadas con música relajante de fondo y lo tituló: “LCAE: Limpieza consciente para almas estresadas”.

Durante las primeras tres semanas, el contador no pasó de las doscientas reproducciones, la mitad de ellas de su madre. F. estuvo a punto de borrar la aplicación, sintiéndose más estúpida que de costumbre. Pero el jueves por la noche, un creador de contenido con un millón de seguidores lo compartió con el texto: «Lloro con la paz que transmite esta mujer».

A la mañana siguiente, el teléfono no dejaba de vibrar. Llegaron las primeras cien mil reproducciones, un par de correos de marcas de lavavajillas ecológicos preguntando por sus tarifas y, por fin, una transferencia al casero.

Al final, Santa Teresa tenía razón: la felicidad andaba entre los cacharros.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS