—Entre los cacharros anda la felicidad —había dicho Santa Teresa. Pero claro, ella vivía en un convento y F. tenía demasiadas cosas que hacer. Entre ellas: realizarse. No como mujer, por supuesto. ¿En qué consistía exactamente realizarse como mujer? ¿Ser madre, amante, empresaria, cocinera, modelo, ir al gimnasio, comer kale y tener la piel radiante? ¿Todo al mismo tiempo? ¿Y todo mientras el sistema te susurra al oído que todavía te falta un poquito? No, como mujer no, pensó F. mientras seguía fregando un cazo pegajoso. ¿Qué mujer —había dicho una escritora famosa— es capaz de sentir un orgasmo limpiando la cocina? Ella, desde luego, no. Y tampoco conocía a ninguna maniática de la limpieza que se lo hubiera confesado en secreto.
Ella quería realizarse como persona. No sería fácil, pero lo conseguiría. ¡Qué tiemble el universo, porque ella iba a por todas! El plan era sencillo.
Primero, descubriría un talento oculto, un don por manifestar que la hiciera especial, le diera dinero y, de paso, salvara el planeta.
Segundo, exprimiría cada segundo del «aquí y el ahora», como si no hubiera un mañana.
Tercero, viajaría, porque viajando se aprende mucho.
Lo primero sería apuntarse a un retiro de fin de semana titulado «Despierta la diosa que hay en ti». Aunque… —siguió pensando mientras colocaba los platos en el escurridor— realizarse no es barato. Requiere cuencos tibetanos de cuarzo auténtico, batidos verdes que saben a césped recién cortado, un gurú personal, clases de yoga a precio de oro y superalimentos ecológicos. Al final, lo importante era vibrar en la frecuencia de la abundancia cósmica.
De pronto, un pensamiento negativo se coló en su mente: la abundancia cósmica, de momento, y hasta que descubriera su talento para hacer dinero fácilmente, no pagaba el alquiler.
Justo en ese instante, el casero la llamó por teléfono para reclamar el pago del mes. Mirando el cazo que acababa de fregar, que ahora brillaba tanto que reflejaba su rostro cansado, F. tuvo una revelación. Su talento hiperespecífico no estaba en el Tíbet, sino en su fregadero.
Abrió una cuenta de TikTok, subió un vídeo limpiando sartenes quemadas con música relajante de fondo y lo tituló: “LCAE: Limpieza consciente para almas estresadas”.
A la mañana siguiente, tenía un millón de reproducciones, tres patrocinadores de lavavajillas ecológicos y la cuenta del banco temblando, pero de alegría.
Al final, Santa Teresa tenía razón: la felicidad andaba entre los cacharros.
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