¿Quién administra las injusticias?

El juez administra justicia. Así lo enseñan las facultades de Derecho, así lo proclaman los códigos y así lo espera, con frecuencia desesperada, quien golpea las puertas de un tribunal. La justicia tiene edificios, expedientes, sellos, audiencias y sentencias. Tiene un rostro institucional.

La injusticia, en cambio, carece de domicilio. Nadie se presenta diciendo: «Soy el administrador de las injusticias». Sin embargo, ellas existen con una obstinación que a veces parece superior a la de la propia justicia.

¿Quién las gobierna? Quizá nadie. O, peor aún, quizá todos.

Cada indiferencia administra una pequeña injusticia. Cada privilegio aceptado sin reflexión, cada verdad deliberadamente omitida, cada silencio oportuno, cada cobardía disfrazada de prudencia, lleva una contabilidad invisible. Las injusticias rara vez nacen de un único acto monstruoso; suelen ser el resultado de miles de renuncias minúsculas a hacer lo correcto.

La justicia necesita jueces. La injusticia apenas necesita espectadores.

Tal vez por eso la historia recuerda tantas más injusticias que sentencias ejemplares. Recordamos los destierros de los inocentes, las persecuciones, las guerras, las discriminaciones y los abusos. La justicia restablece un orden; la injusticia deja una cicatriz. Y las cicatrices poseen una memoria más larga que las leyes.

Existe, además, una ironía inquietante. El juez puede absolver o condenar a una persona, pero ninguna sentencia consigue borrar completamente el daño sufrido. La justicia puede reparar; casi nunca puede deshacer. El tiempo, que todo lo desgasta, tampoco devuelve lo perdido. Hay victorias judiciales que llegan cuando ya no queda nada por rescatar.

Quizá esa sea la diferencia esencial. La justicia pertenece al mundo de las instituciones. La injusticia pertenece a la condición humana.

Por eso la pregunta inicial sigue resonando como un enigma: si el juez administra justicia, ¿quién administra las injusticias?

Acaso la respuesta sea la más incómoda de todas: las administramos nosotros, cada vez que preferimos la comodidad antes que la verdad, el interés antes que el deber o el silencio antes que el coraje.

Y tal vez la verdadera función de la justicia no sea eliminar las injusticias —tarea imposible desde que existe el hombre—, sino impedir que lleguemos a considerarlas normales. Porque una sociedad comienza a perderse no cuando aparecen las injusticias, sino cuando deja de sorprenderse por ellas.

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