
Hay palabras que pesan más que los hechos. No hacen ruido, no levantan la voz, no rompen platos ni puertas. Apenas cambian de lugar. Sin embargo, en ese leve desplazamiento del lenguaje puede esconderse una tragedia doméstica.
Cuando una pareja vive unida, los hijos escuchan con naturalidad el «vamos», el «nosotros», el «tu mamá y yo», el «tu papá y yo». Es la gramática de la comunidad. Los pronombres son puentes.
Pero un día ocurre la separación. Desde entonces, la madre dice: «Preguntale a tu padre». El padre responde: «Decile a mamá». El «nosotros» desaparece como desaparecen ciertas estrellas: no porque hayan dejado de existir, sino porque su luz ya no llega hasta nosotros.
Es curioso. El padre nunca deja de ser el padre, ni la madre deja de ser la madre. Lo que muere no es la paternidad ni la maternidad. Lo que se extingue es ese pequeño territorio lingüístico donde ambos habitaban la misma frase.
Los hijos, sin embargo, hablan otro idioma. Para ellos no existen «tu padre» y «mamá» como compartimentos estancos. En su memoria, ambos siguen formando parte de una misma oración. Fueron dos voces que enseñaron las primeras palabras, dos manos que sostuvieron los primeros pasos, dos miradas inclinadas sobre la misma cuna.
Quizá por eso la separación resulta tan difícil de comprender para un niño. Los adultos modifican la sintaxis de sus vidas; los hijos conservan obstinadamente la gramática original.
Con el tiempo, las heridas cicatrizan, aparecen nuevas parejas, nuevas casas, nuevas rutinas. Cambian los domicilios, los teléfonos y hasta los apellidos. Pero hay una frase que jamás consigue escribirse del todo en el corazón de un hijo: aquella que pretende convertir a sus padres en dos historias independientes.
Tal vez porque la sangre desconoce la gramática del divorcio.
Los jueces pueden disolver un matrimonio. Los abogados pueden repartir bienes. Los calendarios pueden dividir las semanas entre una casa y otra. Pero ninguna sentencia consigue abolir ese viejo pronombre que un día existió.
En algún rincón invisible de la memoria de los hijos, el «nosotros» permanece intacto. No como una realidad presente, sino como el idioma en el que comenzó su vida.
Y acaso sea esa la lección más discreta del lenguaje: hay pronombres que dejan de pronunciarse mucho antes de dejar de existir.
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