Siempre me ha llamado la atención que ciertos pueblos parezcan desconfiar del presente. Sobrevaloran el tiempo fundacional, como si el pasado fuera la única memoria valedera. Quizá imaginen que allí donde Atlas apoyó alguna vez su espalda fatigada, ocurrieron prodigios irrepetibles, y que el tiempo, desde entonces, repite tales leyendas.
Hace muchos años visité uno de esos pueblos, perdido en los campos de Cuba, a unos treinta kilómetros de una ciudad influyente. Llegué cerca de las nueve de la noche. El hotel era antiguo, humilde, aunque limpio. El calor parecía inmóvil. El administrador me informó que a las once cesaría la planta eléctrica y que la corriente no volvería hasta las ocho de la mañana. En la habitación había un ventilador tan viejo que parecía sobrevivir por costumbre; también me advirtió, con resignada cortesía, que los mosquitos locales consideraban huéspedes a todos los viajeros.
Dormí poco, la habitación en penumbras olía a humedad. Al amanecer recorrí la calle principal, cuyas fachadas parecían recordar todos los tiempos. Me dirigí luego al bar que me habían recomendado. Allí me esperaba Augusto, un anciano a quien había conocido meses antes en La Habana. Había aceptado contarme la historia de don Tomás, cuyo nombre seguía pronunciándose en el pueblo con un respeto que lindaba con la suspicacia.
Augusto comenzó sin prisa, como quien repite un relato aprendido de memoria:
Don Tomás había envejecido sin rebelarse. Era panadero. Muy buen panadero; pero siempre estuvo solo. Algunos aseguraban que había desperdiciado la vida con la misma disciplina con que, durante décadas, amasó el pan. Nunca tuvo esposa, ni hijos, ni enemigos. Solo el hábito de trabajar.
A finales de un febrero inusualmente fresco acudió al taller de Raúl, el relojero.
—Quiero un reloj que marche al revés.
Raúl creyó haber oído mal.
—¿Al revés?
—Sí. Que las agujas recorran el tiempo hacia la izquierda.
El relojero conocía esos mecanismos extravagantes que algunos viajeros compraban por curiosidad. No eran milagros; apenas artificios. Aceptó el encargo.
—En marzo lo tendrá.
Don Tomás sonrió. Sellaron la compra bebiéndose un café que Raúl sacó de un termo azuloso.
—Será mi reloj hebreo —dijo Tomás. Sin explicar el por qué del nombre. —Raúl hizo una pausa y pensé—.Creo que en los pueblos las razones verdaderas suelen ser reemplazadas por otras mejores. —Raúl continuó su relato apoyando sus manos en la barbilla—: Se decía que en diciembre Tomás había soñado con un niño. No era un niño cualquiera: era él mismo antes de cumplir ocho años, cuando el mundo todavía le parecía conquistable.
El niño le habló con la tranquilidad con que hablan ciertos personajes de los sueños.
—Si duermes junto a un reloj que camine hacia atrás, volverás a ser joven.
Tomás despertó sin saber si había recibido una promesa o una burla.
El sueño regresó un mes después, idéntico. Pero dejó una sentencia.
—Debes apresurarte. Las oportunidades también envejecen.
Tomás, que desconfiaba de la razón y respetaba las supersticiones, decidió obedecer.
Durante febrero amasó el pan con una esperanza que ocultaba incluso de sí mismo. Algunas mañanas permanecía largo rato frente al espejo. Miraba sus arrugas, las manos endurecidas, la espalda vencida por el trabajo. Pero detrás de ese hombre viejo, imaginaba otro.
En marzo, Raúl llevó el reloj. Salvo el movimiento inverso de las agujas, nada lo distinguía. Sin embargo, el tic-tac parecía sonar de un modo distinto, como si no anunciara el porvenir, sino que deshiciera lentamente los días.
El precio sería pagado en cuatro plazos. El último, el treinta y uno de diciembre.
Y llegó diciembre cargado de fiestas, y el pueblo celebraba el fin del año con esa felicidad con que los hombres imaginan que el calendario trae en ciertas fechas.
Tomás cenó solo aquella noche, a pesar de esta invitado a la casa de unos amigos. Se puso su mejor pijama, colocó el reloj sobre la mesa de noche y se acostó temprano. Había Olvidado el pago de la última cuota.
Raúl decidió visitarlo al día siguiente. Llamó una vez. Después, otra. Más tarde golpeó con la fuerza que nace del presentimiento. Nadie respondió. Regresó por la tarde. La casa seguía inmóvil.
A la mañana siguiente acudió con las autoridades. Un cerrajero abrió la puerta.
Encontraron a don Tomás tendido en la cama, vestido con el mismo pijama con que había esperado la noche anterior. No había signos de violencia. El rostro conservaba serenidad; y sobre la mesa, el reloj seguía cumpliendo con exactitud su tarea imposible. Sus agujas avanzaban hacia el pasado con una obstinación perturbadora.
Los vecinos concluyeron que el reloj, incapaz de devolverle la juventud, había decidido arrebatarle el tiempo que aún le quedaba.
Raúl nunca aceptó esa explicación. Sostenía que los relojes, por extravagantes que fueran, no mataban a nadie. Con los años modificó apenas una frase.
—Don Tomás no murió.
Quienes le pedían una explicación recibían siempre el mismo silencio. Solo cuando el interlocutor insistía demasiado añadía, como quien revela un secreto insignificante:
—Simplemente regresó.
Mucho tiempo después comprendí que aquella historia no hablaba de un reloj, ni siquiera del tiempo. Hablaba de esa antigua tentación de los hombres de corregir la única dirección que jamás ha aceptado órdenes.
Y a veces me pregunto si el verdadero prodigio no consistió en otra cosa: Quizá fue el mundo entero el que, durante una sola noche, caminó hacia el encuentro del niño que aún esperaba a don Tomás.
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