No sabían si era un sueño o un juicio. Solo sabían que esperaban. Desde hacía mucho.
O desde siempre.
La sala no tenía relojes. Ni ventanas.
Dos habían sido policías del Batallón 101. Hombres comunes. Dispararon contra miles.
Podían haberse negado. No lo hicieron.
Los otros dos giraron una llave en un avión. No vieron cuerpos. Vieron una luz. Abajo, hubo ceniza.
No hablaban.
Se miraban.
Como si se reconocieran, como si se hubieran visto antes.
Nadie los llamó. Nadie los juzgó.
A alguien se le ocurrió que eso era lo peor.
Siguieron esperando.
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