Le mystère de la pomme disparue

Le mystère de la pomme disparue

Facundo Pistola

05/08/2026

Día 1:

Día épico. The Truman Show. Estoy en una película. ¡No! Mejor aún, ¡estoy en un libro! El día arranca normal, con la rutina propia de cada jornada: llegamos, colgamos nuestros abrigos en los percheros, prendemos las estufas y las computadoras, repartimos los cordiales saludos entre los colegas, y, mientras nos amontonamos en la máquina expendedora de café chocando nuestras tazas y nuestras cabezas en una frenética carrera por satisfacer el deseo y la necesidad del ardiente y negro caldo, intercambiamos nuestros pareceres sobre lo acaecido en nuestro país y en el mundo durante la víspera. Y, por supuesto, peroramos sobre lo loco que está el clima hoy en día.

Después de ese ritual cotidiano nos ponemos a trabajar. Un poco de trabajo, otro poco de charla. Un poco de trabajo, otra taza de café. Un poco de trabajo y un recreo para un cigarrillo. Y así pasa la jornada, intercalando un poco de trabajo con alguna miscelánea, sucesiva pero ininterrumpidamente.

A media mañana el juez abre la puerta de su despacho y pide una diligencia. Necesita que alguno de nosotros expida al Juzgado Superior la copia del archivo número cinco del expediente del caso la República Argentina contra Gregorio Clegane, causa caratulada como delitos de lesa humanidad, diligencia que se escribe así, pero se pronuncia “necesito que me lleven esto al Juzgado”, como de hecho dijo el juez.

– ¡Y cuando volví del Juzgado ya no estaba! ¿Me entendés?

– Calmate, calmate un poco. ¿Qué es lo que no estaba?

Todos bajaron la mirada porque, claro, caminar las seis cuadras que separan el Juzgado de las oficinas con este clima no es nada agradable. El viento te raja por la mitad y ahí van las dos mitades de uno esquivando copos de nieve, pingüinos, osos polares, iglúes. Pero los valientes tienen premio, así que me puse de pie, casi de un salto, con el pecho inflado, el mentón arriba, los ojos fijos en los del juez. Acorté las distancias que nos separaban a paso firme, decidido. Planté mis narices delante de él, le saqué el sobre de un manotazo y…

– ¿Podés hacerla más corta, carajo?

– Voy, voy. Voy al Juzgado, dejo la copia y camino las seis cuadras de vuelta. Entro nuevamente al edificio de nuestras oficinas y cuando llego a mi escritorio me encuentro o, mejor dicho, no me encuentro con…fue ahí cuando te llamé.

– ¿Qué es lo que no estaba?

– ¿Te acordás de Gastón Leroux?

– ¿Legú? No me suena, ¿jugaba al fútbol con nosotros?

– ¡Leroux! Es francés.

– Ah, no, entonces no es el que digo yo.

– Ya cuando entré la atmósfera estaba espesa, algo se percibía en el aire: el olor a un crimen que se acaba de cometer.

– Buen olfato tenés…

– Carraspeos, miradas esquivas, falsos disimulos. Sabía que algo andaba mal, lo presentí.

– ¿Y entonces?

– Entonces fui derecho al cajón de mi escritorio. Lo abrí con la llave y me encontré ¡con que había desaparecido! ¡Ahí es cuando me vine para el baño en busca de privacidad y te llamé!

– ¿Me podés decir de una vez que es lo que te robaron?

– Mi colación.

– ¿Tu qué?

– ¡Mi colación! ¡Mi manzana! ¡La manzana que como cada mañana una hora y media antes del almuerzo!

– Decime que no me acabas de despertar por una manzana…

– No es una manzana, ¡es el cuarto amarillo!

– Amarillo te voy a dejar el…

– Acá entra Gastón Leroux. Mundialmente conocido por haber escrito “El fantasma de la ópera”.

– Fantasma sos vos.

– Resulta que también escribió “El misterio del cuarto amarillo”. Una obra en la que se comete un crimen en un pequeño cuarto amarillo que, cuando se cierra por dentro no se puede acceder desde afuera. Es imposible entrar porque no hay chimenea, la ventana tiene rejas y la puerta de roble es infranqueable. Así y todo, un crimen es cometido contra su moradora. Se escuchan sus gritos y, cuando derriban la puerta, la encuentran tendida, agonizando, sin rastros de que otra persona haya estado en el lugar. Un misterio imposible.

– ¡Abregú!

– ¿Quién?

– ¡Abregú! ¡Gastón Abregú! Ese es el que decía yo. El rubio que jugaba al fútbol con nosotros.

– ¡Estoy dentro de un libro! ¡Estamos! Vos y yo. Una realidad, una existencia que nos trasciende, si es que existimos. ¿Y si solo somos personajes dentro de una obra? ¿Qué tal si se termina el libro y terminamos encerrados, juntando polvo en un anaquel?

– O si somos simplemente la idea o el sueño del escritor de ese libro, dando vueltas por su cabeza aún, ¿no?

– También puede ser.

– Dale, boludo. Trabajé toda la noche, no jodas con tus manías metafísicas a esta hora.

– Si, dejalas de lado si querés. Por ahora. Lo importante es resolver el caso.

– ¿Qué caso? Te robaron una manzana, se la comió algunos de tus compañeros. Preguntales.

– ¡No seas ingenuo! No es solo una manzana, es lo que representa. La manzana es el símbolo del pecado. Alguien me está queriendo enviar un mensaje. Además, las condiciones en las que me la desplumaron. Sin testigos, sin pistas. Nadie y todos a la vez son sospechosos. Esto es trabajo para un detective.

– Pero yo no soy detective, soy oficial de calle…

– Escuchá, tengo la lista de sospechosos. Pudo ser cualquiera, cada uno tiene sus motivos para contra mí. Y me refiero a motivos personales, motivos insondables, profundos, que calan hasta lo más hondo del existir.

– Dale, yo mientras voy haciendo unas cositas. Te pongo en altavoz, hablá que te escucho atentamente…

– Te los enumero:

Sospechoso N° 1: Julián. La soberbia. Cree que es superior a todos, que trabajar en nuestras oficinas es poco para él. Cree el colmo de la injusticia tener que compartir gran parte de sus días con seres de tan baja estofa como nosotros. Para él su lugar es en la Suprema Corte de Justicia, mínimo. Recientemente egresado de la carrera de Abogacía, entró hace un par de meses como pasante. Sería capaz de robarte la manzana y comerla en tus narices solo para demostrarte, con arrogancia, que puede hacer lo que quiera.

Sospechoso N° 2: María. La lujuria. No pasa un día sin que se me insinúe. Y no es muy sutil. Sus propuestas van con palabras que harían ruborizar al mismísimo Marqués de Sade. Hermosa ninfa que haría cualquier cosa por llamar mi atención. Muy capaz también de comerme la… manzana.

– ¿Y que tal esa María? ¿Soltera?

– Sigamos.

Sospechoso N° 3: Pepe. La ira. El empleado más antiguo de la oficina. Está a dos años de jubilarse. Te diría que para pasar sus últimos días en paz, pero estaría mintiendo. Es un renegado nato. Todo lo enoja, el sol, las nubes, el día, la noche, la luz, la oscuridad, las plantas, los perros, los hombres, quedarse sin hojas en la impresora. Todo lo enoja pero, sobre todo, que se coma fruta en la oficina. Dice que es un sacrilegio hacia el sacrosanto lugar de trabajo. Si fueran mandarinas te entiendo, porque queda una baranda bárbara, pero ¿una banana? ¿Una manzana? ¿Qué hay de malo en ello?

Sospechoso N° 4: Esteban. La avaricia. ¿Y podés creer que se llama Esteban Avaro? No se de dónde viene el apellido, pero le queda requetepintado. Quiere mi puesto, el de primer subalterno del juez. Haría cualquier cosa por hacerme perder la cabeza, por desmoralizarme. Quiere que me canse del cargo y del lugar que ocupo. Quiere que abandone porque sabe, por boca del juez, que él es la primera alternativa. Sería capaz de este y de cualquier crimen por obtener lo que quiere.

Sospechoso N° 5: Carla. La pereza. Es una cuarentona que pasa las horas encorvada sobre su computadora. Llega, se sienta y no se para hasta la hora de irse. A la hora del café se lo hace llevar a su escritorio porque dice que caminar la agota. Si te aparece un súbito antojo de comerte una manzana es infinitamente menos agotador caminar hasta el escritorio de al lado que dos cuadras hasta la verdulería, ¿no?

– ¿Y que tal esa Carla? ¿Soltera?

– Si, dice que le da pereza ponerse el vestido blanco.

Sospechoso N° 6: Fermín. La envidia. El mes pasado le pedí al juez pedí un aumento de sueldo y se me otorgó debido a mis infinitas tareas, al brío que pongo en cada una de ellas y, básicamente, a la necesidad imperiosa de mi firma en la mayoría de los documentos que se emiten desde el despacho. Los tintes verdes afloraron en la cara de Fermín, quien no ocultó nunca la envidia que, desde ese momento, empezó a corroer sus entrañas. Al igual que Esteban, sería capaz de las peores atrocidades por obtener lo que yo.

Sospechoso N° 7: Ernesto. La gula. El mismísimo juez. Es juez y es dueño en Río Negro de una plantación de peras y manzanas. Según los últimos números, la cuarta de la provincia en cuanto a niveles de producción. Todos los días se trae al despacho dos manzanas de su propia cosecha. Todos los días se come esas dos manzanas. Pero si tuviera tres se comería tres el muy glotón. Además, me dio el aumento de sueldo a regañadientes, cualquier cosa que le sirva para descontarme…

Esos son todos, como verás, cada uno tiene motivos suficientes para tamaño crimen.

– ¿Cámaras de seguridad?

– Solo en la acera y en el despacho del juez, donde está la caja fuerte. Pero estoy seguro que ha dejado misteriosamente de grabar durante los minutos que estuve ausente.

– ¿Cuán seguro estás?

– Lo suficiente como para no perder tiempo revisando las filmaciones.

– ¿Ejercieron violencia?

– ¿No es suficiente violencia que te roben?

Touché. Quiero decir si forzaron el cajón.

– No hay la más mínima señal de que lo hayan violado.

– ¿Y la llave?

– La llevé siempre conmigo, lo sé porque está en el mismo manojo que la llave de entrada al edificio y sin ella no podría haber abierto la puerta a mi vuelta y tendría que haber llamado al portero.

– ¿Estás seguro que la manzana estaba ahí? Quizás te la olvidaste…

– ¡Vamos, Luisito! Me conocés mejor que eso. Sabés que con lo obsesivo que soy abro el cajón cada cinco minutos para chequear que todo esté en su lugar.

– Tenés razón. Y nadie más tiene llave de ese cajón, ¿no?

– Si, técnicamente todos.

– ¿Cómo?

– Es que son de esos escritorios de franquicia, tipo Ikea, producidos en serie. Abren todos con cualquier llave.

– Resumiendo, no hay cámaras, cualquiera de los que estaba en el lugar tenía acceso al cajón, todos tenían motivos, según vos, para robarte la manzana. O sea que podría haber sido cualquiera.

– ¿Y qué estoy tratando de decirte desde hace tanto? ¡El cuarto amarillo! ¡Pero al revés!

– Te das cuenta que sos un pelotudo, ¿no? Seguro que alguno con hambre te la sacó y mañana te lleva otra de reemplazo. El no tan misterioso caso de la manzana prestada. Te corto, tengo mil cosas que hacer. Mañana si te roban un Rolex o si te matan, llamame y retomamos la investigación.

Durante el resto de la jornada intento mantenerme incólume, trato que no se me note para nada la incertidumbre. Ya habrá tiempo durante mi solitario after office para dar rienda suelta a la emoción y a la razón.

Día 2:

Puede que sea el día 2. Podría verse como la continuación del día 1. Soy de los que cree que el nuevo día empieza cuando nos despertamos, no a la medianoche previa. Día 1, día 2, día 1 Bis. Sea. No me alcanzó la tarde. Pasé la noche en vela mascando todas las posibilidades, hipótesis, conjeturas, analizando a cada uno de los sospechosos, tratando de dilucidar quien fue el autor material. Tratando de explicarme cuál de todos los sospechosos sacaría mayor ventaja de robarme la manzana. Los posibles motivos de cada uno. ¿Uno? ¿O es un trabajo en equipo? ¿Será un complot de todos contra mí? Y el ingenuo de Luisito que cree que este es unos de esos casos en los que un hombre busca desesperado sus anteojos, removiendo cielo y tierra, dando vuelta la tapa de la pava y volviéndose loco en esa frenética búsqueda del tesoro para, finalmente, caer en cuenta de que los tiene puestos. Que este tipo sea policía es de locos. Si un ladrón le dice “yo no fui” este le cree así sin más.

Voy diez minutos tarde a la oficina, quiero llegar cuando todos estén sentados cada uno en su escritorio. Quiero llegar y ver las caras. Quiero ver un mínimo gesto de temor o de nerviosismo, un labio que tiemble, un tamborileo de dedos. O quizás me encuentre con una ceja levantada, una muestra de vanidad y de confianza, el gesto de un criminal que cree saberse insospechable, inimputable, exento de castigo, impune.

Pero llego y nada, no veo nada de nada. Saludos cordiales, la usual cotidianeidad. Todo dentro de los parámetros corrientes. Me siento y, antes de prender la computadora, abro el cajón del escritorio. Por supuesto, ¡estos turros! Ahí está la manzana. En realidad, ahí está una manzana, no “la” manzana. Esas pinceladas amarillas en su brillante piel no me engañan. Tengo que llamarlo a Luisito, es imperativo.

– ¿Hola?

– ¡Hola, Luisito!

– Bueno, veo que matar no te mataron. ¿Te robaron el Rolex?

-No, ni con el aumento de sueldo puedo comprarme un Rolex. Uso el reloj del celular, como todo el mundo.

– Te escucho raro, como con eco. ¿Estás encerrado en el baño otra vez?

– ¡Sí! Es que el asunto se pone cada vez más turbio.

– ¿Por? ¿No apareció la manzana como te dije?

– ¡Sí! Y antes que digas pío pío, te aviso que no es la misma manzana. La que tenía ayer era una Ralls Genet y esta que me dejaron ahora es una Red Delicious. No perdí los anteojos, ¡los tengo bien puestos!

– Perfecto, solucionado el problema entonces.

– ¿Estás loco? ¡El problema no ha hecho si no comenzar!

– ¡Dale, dejate de joder! Son todas iguales las manzanas, comete esa, aunque no sea la tuya y chau.

– ¡Es que no entendés! Mirá si le hicieron una macumba. Mirá si la envenenaron como hizo la Reina Malvada. ¡Esto es Blancanieves y los siete enanitos! ¡Estamos en un libro!

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