Meditación narrativa . El tiempo.

Meditación narrativa . El tiempo.

Tic, tac, tic, tac.

Mi viejo reloj analógico insiste en su ceremonia. La delgada manecilla roja gira con una fidelidad que ningún ser humano ha conseguido igualar. Desgrana los segundos uno por uno, como si pasara las cuentas de un rosario invisible. Me agrada ese sonido. Los relojes modernos, silenciosos y digitales, no parecen medir el tiempo, sino ocultarlo detrás de cifras frías. Este, en cambio, me obliga a escucharlo.

También me gusta darle cuerda. Hay en ese gesto una ilusión infantil: la de devolverle la vida a una criatura cansada. Sin embargo, mientras su resorte recupera fuerzas, descubro la ironía. Él mide el tiempo, pero el tiempo también lo mide a él. Cada año su esfera amarillea un poco más, el metal pierde brillo, el cristal acumula cicatrices diminutas. Ambos envejecemos. Ignoro cuál de los dos terminará primero su tarea.

Cuando era niño encontré, en un libro de tapas azules cuyo título ya olvidé, una historia singular. Decía que un gnomo, muy paciente, fabricó una caja de plomo y la forró con un papel blanco, grueso como cartulina. No era una caja cualquiera: había sido construida para atrapar al tiempo.

El gnomo conocía los secretos de la tierra. Esperó durante años. Una tarde lluviosa encontró al tiempo descansando al pie de un árbol. Con un movimiento rápido cerró la caja y creyó haberlo aprisionado. Desde entonces vivió siglos.

Durante mucho tiempo acepté aquella historia. Más tarde comprendí que el gnomo no había capturado al tiempo, sino otra cosa, quizá la esperanza.

Nadie puede encerrar aquello que no ocupa lugar alguno. El tiempo no tiene cuerpo ni sombra. Sospecho que, si alguien lograra observarlo con una lupa mágica, descubriría que se deshace antes de dejarse arrojar una mirada.

Quizás de alguna manera, aquel libro azul, me enseño una verdad sutil: todos nos comportamos como el gnomo, construimos cajas, relojes, calendarios, libros, con la ilusión de atrapar aquello que jamás podrá encerrarse.

Muchos años después, la sabiduría repetida por diversos maestros, me mostraron una frase que parecía sencilla: «Hay que vivir el presente».

Vuelvo entonces al reloj. La aguja roja señala el segundo quince.

Intento habitar ese instante con toda mi atención. Apenas creo haberlo conseguido, vuelvo a mirar la esfera: ya está en el veinte. El presente que intentaba poseer se ha refugiado en el pasado con una velocidad que ninguna voluntad puede impedir.

Comprendí que aquellos maestros no hablaban del tiempo, sino del alma. El presente no era un segundo del reloj. Era una manera de estar despierto; un estado de conciencia sin el peso del ayer ni la ansiedad del mañana. Yo había buscado un punto en la esfera; ellos señalaban un lugar que no figuraba en ningún calendario.

Tic, tac, tic, tac.

El reloj continúa indiferente.

Pienso en Newton, que imaginó un río universal cuyas aguas corrían con idéntica velocidad para todos los seres. Siglos después llegó Einstein y quebró aquella serenidad: el río dejó de ser único y se convirtió en un tejido donde espacio y tiempo se entrelazaban como hilos invisibles. El universo había resultado más extraño que la imaginación de los filósofos.

Sin embargo, mi reloj nunca leyó a Einstein. Sigue convencido de que cada segundo dura exactamente un segundo. Quizá tenga razón. Quizá el error sea nuestro.

Desde la antigüedad los hombres hemos inventado relojes de arena, clepsidras, calendarios, relojes solares, péndulos, cronómetros atómicos. Hemos perfeccionado los instrumentos sin conseguir acercarnos un milímetro al misterio. Medimos con creciente precisión algo cuya naturaleza seguimos ignorando.

A veces imagino un universo sin tiempo. Encuentro estrellas inmóviles, planetas detenidos. No encuentro siquiera silencio. Encuentro la imposibilidad absoluta de que ocurra algo. Sin tiempo no existiría el movimiento; sin movimiento no existiría el cambio; sin cambio no habría nacimiento, ni memoria, ni muerte. Tal vez tampoco existiría la palabra «existir». Entonces me asalta otra pregunta, todavía más antigua. ¿Fuimos alguna vez ajenos al tiempo antes de nacer?

No conozco respuesta alguna que no sea una conjetura.

A mi habitación llega una música lejana, Para Elisa. Beethoven murió hace casi dos siglos; sin embargo, la música acaba de nacer otra vez y se desparrama como incienso en esta habitación. Quizá el arte sea una discreta victoria sobre el calendario. No derrota al tiempo; simplemente consigue que, de cuando en cuando, el tiempo olvide cumplir su oficio.

Los griegos imaginaron a Cronos devorando a sus hijos. No era una metáfora cruel, sino una observación. Todo cuanto nace termina siendo reclamado por aquello mismo que le permitió nacer. El tiempo alimenta la vida y luego la recoge con una paciencia perfecta.

Escucho otra vez el viejo reloj. Tic, tac, tic, tac. Cierro los ojos.

Durante un instante dejo de distinguir si el sonido proviene del mecanismo o de mi propia sangre. Ya no oigo un reloj. Oigo una respiración antiquísima. Comprendo entonces que el verdadero reloj nunca estuvo sobre la mesa. Ha estado siempre dentro de nosotros.

Y acaso el tiempo no sea un río, ni una dimensión, ni un dios.

Acaso sea una boca inmensa que pronuncia lentamente el nombre de todas las cosas, hasta que una por una desaparecen en su silencio.

Tic, tac, tic, tac.

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