
Hay una matemática que jamás figuró en los tratados de Euclides ni en los cuadernos de los escolares. Es una aritmética secreta, desobediente, que no calcula cantidades sino ausencias. La memoria la practica todos los días con una lógica que desafía cualquier razón.
Dos más dos son cuatro, nos enseñaron. Pero dos recuerdos jamás suman dos. A veces, uno solo basta para ocupar una vida entera; otras veces, cien acontecimientos se disuelven sin dejar siquiera una sombra. La memoria no cuenta: elige. Y en esa elección reside su misterio.
Es una fatalidad del recuerdo olvidar los rostros y conservar las palabras. Con los años, la cara de quien amamos comienza a desdibujarse como un retrato expuesto demasiado tiempo al sol. En cambio, una frase dicha al descuido permanece intacta, con la misma entonación, el mismo silencio anterior, el mismo aire que la rodeaba. Pareciera que las palabras fueran menos frágiles que la carne.
Quizá porque un rostro pertenece al espacio, mientras que una palabra pertenece al tiempo. Y el tiempo protege mejor aquello que puede repetirse. Nadie puede reconstruir exactamente una sonrisa perdida; basta, en cambio, pronunciar una vieja expresión para que un universo entero vuelva a levantarse.
La memoria posee además una curiosa economía. Nos roba lo esencial para devolvernos lo accesorio. Olvidamos la fecha de un encuentro decisivo y recordamos obstinadamente el color de una corbata, el ruido de una persiana, el aroma del café que alguien dejó enfriarse mientras hablaba. Es como si el recuerdo sospechara que la verdad nunca habita en los grandes acontecimientos, sino en los detalles que nadie juzgó importantes.
También conoce el arte de la multiplicación. Un perfume olvidado puede multiplicar el pasado hasta volverlo infinito. Una melodía escuchada por azar abre de golpe habitaciones clausuradas durante décadas. El presente desaparece y el tiempo deja de avanzar: simplemente se pliega sobre sí mismo.
Pero la memoria también divide. Separa a quienes fuimos de quienes creemos ser. El niño, el joven, el hombre maduro no desaparecen: quedan repartidos en distintas regiones del recuerdo, como habitantes de países que ya no comparten fronteras. A veces logramos reunirlos durante unos instantes; otras veces apenas alcanzamos a reconocerlos como si fueran desconocidos.
Y luego está la resta, la operación más silenciosa. Cada día la memoria pierde algo. No ocurre de manera dramática; sucede con la discreción del polvo que se deposita sobre los libros. Un nombre se escapa, una calle deja de conducir a ninguna parte, una voz pierde su timbre. Nadie advierte esas pequeñas desapariciones hasta que un día descubre que una parte de su vida ya no puede ser evocada.
Sin embargo, el recuerdo nunca acepta el resultado definitivo de esa resta. Allí donde parece haber quedado un vacío, inventa una conjetura. Completa los espacios ausentes con imaginación, mezcla hechos ciertos con posibilidades y termina construyendo una historia más coherente que verdadera. Tal vez por eso la memoria sea la novelista más paciente que existe.
No recordamos el pasado; recordamos la última versión que hicimos de él. Cada evocación corrige a la anterior, añade un matiz, elimina una sombra, exagera una alegría o atenúa un dolor. El recuerdo es una obra en permanente revisión, un manuscrito que jamás alcanza su edición definitiva.
Acaso por eso la identidad sea una cuestión de cálculo imposible. Creemos ser la suma de nuestras experiencias, cuando quizá somos apenas el residuo que quedó después de innumerables olvidos. No somos todo lo vivido, sino aquello que la memoria decidió salvar del naufragio.
La aritmética del recuerdo, entonces, no busca exactitud. Sus números son símbolos; sus operaciones, metáforas. En su extraño universo, una palabra puede pesar más que un año, un instante contener una vida entera y una ausencia ocupar más espacio que todas las presencias.
Tal vez esa sea la única matemática verdaderamente humana: aquella en la que el infinito cabe dentro de un recuerdo, y donde el resultado nunca coincide con la cuenta.
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