Alguien, pero no recuerdo bien quien es el alguien o si en verdad existe o no, dijo: «Sos escandalosamente hermosa, de esas presencias que iluminan todo el lugar sin proponérselo.»

La verdadera belleza nunca hace ruido. El ruido lo hacemos nosotros cuando intentamos nombrarla. Ella simplemente ocurre. Entra en una habitación con la misma inocencia con que entra la mañana por una ventana, y de pronto las conversaciones se vuelven más lentas, las miradas olvidan el rumbo que traían y hasta el tiempo parece demorarse un instante para contemplarla.

Hay personas cuya hermosura no consiste en la perfección de un rostro ni en la armonía de un cuerpo. Es algo más difícil de explicar y, precisamente por eso, más verdadero. Irradian una luz que no parece provenir de la piel sino de un lugar secreto donde la naturaleza decidió excederse. Son escandalosamente hermosas porque contradicen la costumbre: nos recuerdan que todavía existen los milagros cotidianos.

Lo curioso es que ellas casi nunca son conscientes del efecto que producen. La flor no sabe que perfuma el jardín. La estrella ignora que alguien la mira desde la tierra. La belleza más profunda desconoce su propio poder. Cuando descubre que es observada, suele sentirse incómoda, como si la admiración fuese un traje ajeno.

Sin embargo, toda belleza lleva escondida una condena. Quien la contempla corre el riesgo de confundir la luz con la persona. Se enamora del resplandor y olvida preguntar quién habita detrás de esos ojos. La belleza abre puertas; el carácter decide si vale la pena atravesarlas. La primera deslumbra. El segundo permanece.

Quizá por eso los griegos sospechaban que la belleza era una forma de verdad. No porque lo hermoso fuese necesariamente bueno, sino porque revelaba algo que las palabras no podían alcanzar. Hay rostros que se olvidan en una tarde y otros que permanecen décadas en la memoria, como un verso aprendido sin proponérselo. No recordamos exactamente sus facciones; recordamos la extraña claridad que trajeron consigo.

Decirle a alguien «sos escandalosamente hermosa» no es exagerar. Es reconocer que existen personas cuya sola presencia altera el equilibrio del mundo. No hacen nada para conseguirlo. No lo buscan. Simplemente llegan, y la realidad, por un instante, parece mejor escrita.

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