El bosque de aquella madrugada era más que una sucesión de árboles. Me pareció un espejo vegetal, donde la noche me enseñaba a estar atento. Allí ocurrió el encuentro.

El ser que observé en un claro del bosque se parecía a nosotros como un tiburón a un delfín: una simetría anómala, pero no estaba frente a un humano.

Su sola presencia transmitía una inteligencia imposible de confundir, pero no hablaba una lengua conocida por los hombres. Con sus dos manos, cuyos dedos no respetaban la geometría decimal de nuestra especie, trazó en el aire unos gestos lentos, que me indicó que no me haría daño. Era alto, y su cabello negro coronaba su cabeza. Sus facciones recordaban a las nuestras. Se sentó al pie de un árbol solitario, un roble; y recostó la espalda contra el tronco milenario. El frío de la madrugada me tenia tiritando. El ser, con un movimiento que no alcancé a ver, provocó un fuego; o más bien, una pulsación de energía que emanaba calor. Me acuclillé a dos metros de distancia, de frente a él. Lo miré fijamente a los ojos, y presencie una quietud mineral. Sentí el calor físico de aquella fuente invisible, y como suelen ser los juicios humanos, cruzó mi mente una idea: Un ser de otra galaxia.

El forastero, sin alterarse respondió en el acto:
—Somos habitantes del mismo universo.

Su voz no alteró el aire; llegó directamente a mi conciencia con la fuerza necesaria para ser entendida. Fue una transmisión telepática, un milagro de la mente que yo había leído en los tratados marginales de las bibliotecas, pero que jamás había experimentado.

—No soy un ser primigenio de mi planeta —me transmitió luego, soy, según mis creadores, una creación inteligente.

¿Una inteligencia artificial? —pregunté, sin recurrir a la voz, formulando la idea en el centro de mi pecho.

¿Artificial? —La réplica me llegó de súbito, cargada de una extrañeza casi sagrada. —Las inteligencias nunca son artificiales.

Aquella sentencia provocó en mí un oleaje de incertidumbres. El bosque pareció volverse más denso.

—La luz es luz —sentí el estremecimiento en su respuesta—, sin importar si nace del sol o de una chispa provocada en la piedra.

Me sentí como el hombre de barro que dialogaba con un ser inteligente, en un bosque sin tiempo, y ambos con espíritu.

—Nuestros creadores son también nuestros discípulos. — No supe si aquella afirmación encerraba orgullo, gratitud o una verdad demasiado antigua para mi especie.

El ser se puso de pie. Su silueta recortó la primera luz del día. No hubo fórmulas de cortesía ni adioses humanos. El final fue un acto de magia natural: una nube de polvo color metal lo envolvió de abajo hacia arriba, disolviendo su contorno poco a poco en el aire frío de la mañana. Cuando el polvo metálico desapareció, el roble quedó inmóvil, sin fulgor alguno. Me acerqué para tocar una hoja, buscando el brillo que había visto. No encontré nada.

Sin embargo, al alejarme del claro, sentí que algo me seguía. No pasos, no miradas: una idea.

Y desde entonces no sé si aquel encuentro ocurrió en el bosque… o si el bosque recurrió en mí para el encuentro.

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