Capítulo XII. La mesa de los imposibles.

 La última pregunta

Cuando regresé a la biblioteca, comprendí que había llegado demasiado tarde.

O demasiado temprano.

La mesa seguía allí.

Las sillas también.

Pero estaba solo.

Los anaqueles permanecían inmóviles, como si aguardaran una decisión que no les correspondía tomar.

No encontré a Homero.

Ni a Dante.

Ni a Shakespeare.

Ni a Cervantes.

Ni a Kafka.

Ni a Dostoievski.

Ni a Joyce.

Ni a Borges.

Pensé que la reunión había concluido.

Sobre la mesa descansaba un único libro.

No tenía título.

No tenía nombre de autor.

Lo abrí.

La primera frase decía:

No recuerdo quién convocó la reunión. Sospecho que fue un bibliotecario…

Sentí un estremecimiento.

Era el comienzo de estas conversaciones.

Pasé algunas páginas.

Allí estaba Homero hablando del regreso.

Dante describiendo la eternidad.

Shakespeare convirtiendo al mundo en un escenario.

Kafka dudando de cada puerta.

Joyce dejando que las palabras pensaran por él.

Borges formulando preguntas cuya respuesta parecía conocer y desconocer al mismo tiempo.

Continué leyendo.

Las páginas siguientes estaban en blanco.

Respiré con alivio.

El futuro todavía conservaba el pudor de no haber sido escrito.

Entonces escuché unos pasos.

Levanté la vista.

Borges acababa de entrar.

Traía el bastón en una mano y una sonrisa incierta en la otra.

Miró el libro.

No pareció sorprendido.

—Ya lo encontró —dijo.

—Sí.

—¿Y descubrió quién lo escribió?

Negué con la cabeza.

Borges tomó asiento.

Por primera vez no ocupó el lugar desde el que acostumbraba dirigir la conversación.

Se sentó entre los demás, como uno más.

Los invitados comenzaron a llegar.

Homero.

Virgilio.

Dante.

Shakespeare.

Cervantes.

Dostoievski.

Kafka.

Joyce.

Proust.

Montaigne.

Pascal.

Nietzsche.

Chesterton.

Camus.

Umberto Eco.

Nadie habló.

Esperaban.

No supe a quién.

Fue entonces cuando advertí una silla que nunca había visto.

Estaba al otro lado de la mesa.

Había permanecido vacía desde el primer día porque nadie había reparado en ella.

No era más importante que las otras.

Simplemente estaba destinada a quien hacía la última pregunta.

Todos dirigieron la mirada hacia ese asiento.

Permanecía vacío.

Borges rompió el silencio.

—Durante estas reuniones hemos preguntado qué es el tiempo, si Dios existe, qué significa la memoria, la libertad, la belleza, el infinito…

Hizo una pausa.

—Todas esas preguntas eran aproximaciones.

Volvió la vista hacia la silla vacía.

—La verdadera nunca consiguió pronunciarse.

Nadie respondió.

No porque ignorara la respuesta.

Porque ignoraba la pregunta.

El silencio se prolongó.

No era incómodo.

Era fértil.

Entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.

La biblioteca comenzó a llenarse de personas desconocidas.

No eran escritores.

Eran lectores.

Entraban en silencio.

Algunos eran niños.

Otros ancianos.

Había mujeres y hombres de todos los siglos.

Cada uno llevaba un libro distinto entre las manos.

Ninguno ocupó las sillas.

Todos permanecieron de pie alrededor de la mesa.

Comprendí, con una claridad que me avergonzó no haber tenido antes, que la conversación nunca había pertenecido a quienes escribían.

Siempre había pertenecido a quienes leían.

Borges sonrió.

Era una sonrisa distinta.

Más humilde.

Como si acabara de comprender algo que siempre había sospechado.

Se puso de pie.

Cerró lentamente el libro sin título.

Lo dejó sobre la mesa.

Y dijo:

—Tal vez los autores no escribimos libros.

Tal vez escribimos lectores.

Nadie aplaudió.

Las grandes revelaciones no necesitan aplausos.

Necesitan silencio.

En ese instante la silla vacía dejó de estar vacía.

No vi quién se había sentado.

Tal vez porque no había nadie.

Tal vez porque está ocupada, desde siempre, por quien abre este libro.

Quise preguntar cuál era la última pregunta.

No pude.

Las palabras se detuvieron antes de llegar a mis labios.

Entonces comprendí.

No existe una última pregunta.

Existe un último interrogador.

Cada lector la formula de un modo distinto.

Cada vida la pronuncia con palabras que todavía no han sido inventadas.

La biblioteca comenzó a desvanecerse.

Primero desaparecieron los estantes.

Después las lámparas.

Luego la mesa.

Los escritores se fueron borrando con la serenidad de quienes regresan a las páginas que nunca abandonaron.

Sólo quedó el libro.

Lo abrí una vez más.

Las páginas que antes estaban en blanco ya no lo estaban.

Había una sola frase, escrita con una caligrafía que no reconocí y que, sin embargo, me resultó íntimamente familiar.

Decía:

El universo tuvo que ocurrir para que esta conversación fuera posible. Ahora continúela usted.

Cerré el volumen.

Durante un instante tuve la certeza de haber salido de la biblioteca.

Después comprendí mi error.

Nadie sale realmente de una biblioteca.

Las bibliotecas son las que, de vez en cuando, salen a nuestro encuentro.

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