Capítulo XI. La mesa de los imposibles.

¿Qué es el infinito?

Aquella tarde la biblioteca parecía haber renunciado a sus límites.

Caminé hacia el último estante.

No lo encontré.

Avancé durante un tiempo que no sabría medir. Los anaqueles continuaban multiplicándose con la discreción de los espejos. No crecían; se repetían. Comprendí entonces que el infinito no necesita ser inmenso. Le basta con no terminar nunca.

Cuando regresé a la mesa —o creí regresar— todos los invitados estaban ya reunidos.

En el centro había un objeto que ninguno de nosotros esperaba.

Un círculo.

No era de oro ni de piedra.

Era un círculo perfecto, dibujado sobre la madera con una tiza blanca.

Nada más.

Borges lo contempló con una expresión que mezclaba la alegría y el temor.

—Toda mi vida he sospechado que el infinito es menos una cantidad que una tentación. Hoy quisiera preguntarles: ¿qué es el infinito?

Homero habló primero.

—Es el mar.

No añadió nada.

Nadie sintió que hiciera falta.

Virgilio continuó.

—Es el destino visto desde la mirada de los dioses.

Dante levantó lentamente la cabeza.

—Es la eternidad donde cada instante permanece completo y ninguna alegría disminuye a otra.

Shakespeare hizo girar el dedo sobre el círculo.

—Es el escenario donde todas las tragedias y todas las comedias ocurren al mismo tiempo.

Cervantes sonrió.

—Es la inagotable capacidad del hombre para confundir los molinos con gigantes… y los gigantes con molinos.

Dostoievski permaneció un momento en silencio.

—El infinito cabe dentro de una conciencia culpable. Un remordimiento puede durar más que los siglos.

Kafka observó el círculo sin acercarse.

—El infinito es un pasillo cuyo final siempre parece estar detrás de la próxima puerta.

Joyce dejó vagar la mirada.

—No. El infinito ocurre en un segundo cuando una palabra despierta otra y esa otra llama a una tercera. Una conciencia nunca termina de pensarse.

Proust sostuvo la taza entre las manos.

—El infinito no está delante de nosotros. Está detrás. Lo llevamos entero dentro de un recuerdo.

Montaigne sonrió.

—Sólo una criatura finita pudo inventar una idea semejante.

Pascal contempló el techo invisible de la biblioteca.

—El silencio de los espacios infinitos continúa interrogándome.

Nadie respondió.

No era una frase.

Era una confesión.

Nietzsche habló después.

—El infinito consiste en aceptar que esta misma conversación volverá a ocurrir innumerables veces.

Camus negó suavemente.

—Aunque así fuera, cada repetición seguiría exigiendo nuestro consentimiento.

Chesterton dejó escapar una carcajada.

—Lo infinito suele esconderse en las cosas pequeñas. Un niño es capaz de descubrirlo en una caja vacía.

Umberto Eco recorrió los anaqueles.

—Toda biblioteca aspira al infinito. Ningún bibliotecario.

Todos guardaron silencio.

Borges parecía distraído.

No miraba el círculo.

Miraba los libros.

Al fin habló.

—Durante años imaginé una biblioteca infinita, un libro de arena, un punto que contiene todos los puntos. Creí que el infinito era un problema de la geometría o de la teología.

Se detuvo.

—Hoy sospecho otra cosa.

Tomó la tiza.

Sin decir una palabra prolongó el círculo.

Lo convirtió en una espiral.

—El infinito no consiste en que algo no termine nunca.

Consiste en que siempre pueda comenzar de nuevo.

Dejó la tiza sobre la mesa.

Entonces ocurrió el hecho más extraño desde el comienzo de nuestras reuniones.

Los libros empezaron a desaparecer.

No uno por uno.

Todos al mismo tiempo.

Los estantes quedaron vacíos.

No sentí tristeza.

Sentí alivio.

Porque comprendí que una biblioteca infinita no necesita contener todos los libros.

Le basta con contener la posibilidad de todos ellos.

Cuando el último volumen se desvaneció, la sala quedó completamente desnuda.

Sólo permanecían la mesa, las sillas y nosotros.

Creí que la reunión había terminado.

Entonces advertí un detalle.

Las paredes también habían desaparecido.

La biblioteca no estaba en el universo.

El universo estaba dentro de la biblioteca.

Miré a Borges.

Por primera vez desde que comenzaron aquellas conversaciones, no parecía tener una respuesta.

Sonreía.

Era la sonrisa de quien acaba de descubrir que el laberinto no fue construido para perder a los hombres.

Fue construido para que el infinito pudiera encontrarlos.

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